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SALUD | COVID-19: convivir con el virus no significa rendirse ante él

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La reinfección por coronavirus COVID-19

La reinfección por COVID-19 se ha convertido en una posibilidad cada vez más difícil de evitar. El virus continúa circulando, mientras la inmunidad adquirida mediante vacunas o infecciones anteriores no siempre impide un nuevo contagio. Sin embargo, aceptar esta realidad epidemiológica no puede traducirse en indiferencia sanitaria.

Aunque los síntomas agudos suelen ser hoy menos graves que durante las primeras etapas de la pandemia, ningún contagio está completamente libre de consecuencias. La Organización Mundial de la Salud estima que aproximadamente seis de cada cien personas que contraen COVID-19 desarrollan posteriormente la denominada afección pos-COVID-19. La institución también advierte que las infecciones repetidas incrementan el riesgo.

El COVID persistente puede provocar cansancio, dificultad respiratoria, dolores musculares o articulares, alteraciones del sueño y otros problemas capaces de limitar actividades cotidianas como trabajar, estudiar o atender las responsabilidades del hogar. No se trata, por tanto, de medir únicamente cuántos pacientes terminan hospitalizados, sino de reconocer las secuelas silenciosas que pueden reducir durante meses, e incluso más tiempo, la autonomía y la productividad de una persona.

La respuesta social no debe ser regresar al confinamiento permanente ni alimentar el miedo. Tampoco puede consistir en actuar como si el virus hubiese desaparecido. La salida razonable está en una prevención proporcionada: vacunación conforme a las recomendaciones sanitarias, ventilación adecuada de espacios cerrados, protección especial de las personas vulnerables y responsabilidad individual cuando aparecen síntomas.

Las autoridades, por su parte, deben mantener la vigilancia epidemiológica, facilitar información transparente y fortalecer la atención médica para quienes padecen síntomas persistentes. Ignorar esta condición no la hará desaparecer; únicamente trasladará sus costes a las familias, los centros de trabajo y los sistemas sanitarios.

La convivencia inteligente con el COVID-19 exige abandonar dos extremos igualmente perjudiciales: el pánico paralizante y la despreocupación absoluta. La pandemia cambió, pero el riesgo no se extinguió. Normalizar la vida es necesario; normalizar el contagio sin prevención sería una irresponsabilidad colectiva.

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