
La oposición puede reivindicar que frenó la continuidad automática del oficialismo, pero todavía debe transformar una mayoría aritmética dispersa en una mayoría política coherente. El verdadero vencedor no será quien domine el relato poselectoral, sino quien construya un gobierno legítimo, funcional y capaz de responder a una sociedad profundamente fragmentada.
La frase de Yair Lapid, «una victoria es una victoria», posee eficacia política, pero requiere una precisión institucional: en un sistema parlamentario, impedir que el adversario alcance la mayoría no equivale necesariamente a conquistar el poder. Los resultados definitivos distribuyen 53 escaños al bloque de Benjamin Netanyahu, 48 a la oposición encabezada por Gadi Eisenkot y 19 a las formaciones árabes. El Likud conserva, además, la condición de partido individual más numeroso, con 27 diputados, mientras Yashar obtiene 21. Ningún bloque alcanza los 61 escaños requeridos en la Knéset de 120 miembros. [timesofisrael.com], [timesofisrael.com]
La oposición consiguió una victoria relevante: el bloque oficialista perdió la mayoría parlamentaria y descendió desde los 68 escaños que controlaba en la legislatura saliente hasta 53. Pero Lapid exagera cuando resta automáticamente los trece diputados ultraortodoxos y reduce la base efectiva de Netanyahu a cuarenta. Shas y Judaísmo Unido de la Torá pueden sostener posiciones particulares sobre identidad, religión y servicio militar, pero continúan formando parte de la alianza política que respalda al primer ministro. Descontarlos sirve como argumento retórico; no constituye todavía una ruptura parlamentaria verificable. [timesofisrael.com], [timesofisrael.com]
El desafío de Eisenkot es incluso más complejo. Los 48 escaños de los partidos opositores liderados por judíos no bastan para gobernar. Con los 19 diputados de la Lista Conjunta y Ra’am alcanzarían 67, pero Yashar, B’Yachad e Yisrael Beytenu habían descartado cooperar con esas formaciones. Solo Yair Golan defiende abiertamente esa colaboración. Por tanto, la oposición dispone de una mayoría numérica potencial, no de una coalición acordada. [timesofisrael.com], [cnbc.com]
Aquí aparece la cuestión democrática central. Los partidos árabes lograron una representación conjunta histórica de 19 escaños, casi el doble de los diez que tenían en la Knéset saliente. Excluirlos de forma automática haría imposible convertir el mandato de cambio en gobierno y reforzaría la percepción de que ciertos votos cuentan para distribuir escaños, pero no para ejercer influencia institucional. Incorporarlos, sin embargo, obligaría a una negociación transparente sobre seguridad, reconocimiento del Estado, igualdad ciudadana, presupuestos municipales y responsabilidades compartidas. La inclusión democrática no exige borrar las discrepancias; exige procesarlas mediante reglas y compromisos públicos. [timesofisrael.com]

Netanyahu, por su parte, conserva activos considerables: dirige el partido más votado, mantiene cohesionado un bloque de 53 parlamentarios y continuará al frente del Ejecutivo provisional hasta la formación de un nuevo gobierno. No obstante, necesita ocho escaños adicionales y sus aliados de extrema derecha reducen considerablemente su margen para buscar apoyos entre los partidos árabes o dentro de la oposición. [cnbc.com], [timesofisrael.com]
El procedimiento institucional concede ahora protagonismo al presidente Isaac Herzog. Después de consultar a las fuerzas parlamentarias, deberá encargar la formación del Gobierno al diputado que considere con mayores posibilidades de conseguir la confianza de la Knéset. El candidato dispondrá inicialmente de 28 días, prorrogables hasta catorce más. La ley no obliga al presidente a escoger al dirigente del partido más grande; el criterio determinante es la viabilidad de la coalición. [israelpoli…yforum.org], [en.idi.org.il]
La paciencia solicitada por Lapid es razonable, pero el silencio negociador no debe convertirse en opacidad. Una coalición edificada únicamente sobre el rechazo a Netanyahu sería vulnerable desde su nacimiento. Israel necesita un acuerdo programático sobre seguridad, reconstrucción institucional, servicio militar, relación entre religión y Estado, participación árabe y recuperación económica.
Las urnas cerraron una etapa, pero no proclamaron un gobernante. Lapid puede afirmar que la oposición ganó por puntos; Netanyahu puede recordar que el Likud sigue siendo la primera fuerza. Ambos relatos contienen una parte de la verdad. La conclusión completa es más exigente: nadie ha ganado todavía el derecho efectivo a gobernar. Ese derecho deberá conquistarse mediante acuerdos, legitimidad democrática y capacidad para convertir una sociedad dividida en una mayoría responsable.
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