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El hombre que vuelve, de Marino Berigüete

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Volver cuando ya no queda adónde regresar

Por Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor

La literatura occidental empieza, en buena medida, con un regreso. Ulises tarda veinte años en volver a Ítaca, y la tradición convirtió ese viaje en el arquetipo del nóstos: volver a casa como recompensa, reparación y recuperación de uno mismo. El hombre que vuelve, la novela breve que Marino Berigüete publicó en 2026 con Ilíada Ediciones, invierte ese modelo con rigor y sobriedad 1 2. Berigüete (Barahona, 1962) es poeta, ensayista, diplomático y miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua. Su protagonista no regresa para cerrar un ciclo, sino para comprobar que el círculo ya no se puede cerrar 3.

El personaje vuelve al pueblo natal envejecido y cansado. Ha perdido a su esposa, a su madre y a su abuela, ha terminado su vida laboral y ya no tiene los proyectos que antes le daban rumbo. Como observa Henry Montero, regresa porque la ciudad ya no le ofrece nada, y pronto descubre que el pueblo tampoco puede devolverle la vida que dejó atrás 4. No es el héroe que reclama su casa. Es alguien que busca entre ruinas una razón para seguir.

La irreversibilidad como centro del drama

La paradoja central de la novela es que se puede volver a un lugar, pero no a un tiempo. El filósofo Vladimir Jankélévitch lo formuló en La irreversibilidad y la nostalgia (1974): el espacio admite idas y vueltas, pero el tiempo solo avanza en una dirección, y la nostalgia nace justamente de confundir ambos órdenes. Es la vieja intuición de Heráclito, según la cual nadie se baña dos veces en el mismo río, porque ni el río ni el bañista siguen siendo los mismos. El pueblo de Berigüete conserva calles, costumbres y rostros reconocibles, pero ha perdido la red de afectos que les daba sentido. Por eso el regreso no restaura nada: obliga al protagonista a enfrentarse con lo que perdió.

La obra alcanza así una dimensión ontológica. Para Heidegger, el ser humano existe siempre como ser-en-el-mundo, y ese «mundo» no es un conjunto de lugares, sino una trama de relaciones y significados que da sentido a cada cosa. Eso es lo que ha perdido el protagonista. Con la muerte de la esposa deja de ser compañero, con la ausencia de la madre y la abuela se rompe su lazo con los orígenes y con el retiro pierde su lugar en la sociedad. No perdió solo personas y oficios, sino las estructuras que le permitían reconocerse. Amir Valle ha leído la novela en esta clave existencial, como la de alguien que se enfrenta a sí mismo y asume como propias sus flaquezas y deformaciones 2. Lo notable es que la filosofía no aparece como alarde de erudición, sino como experiencia vivida por el personaje.

Duelo, melancolía y pérdida del yo

En Duelo y melancolía (1917), Freud distinguió el duelo, en el que el mundo queda vacío tras la pérdida, de la melancolía, en la que lo que se vacía es el propio yo. El protagonista vive en la frontera entre ambos. Montero lo describe bien: el personaje llora a sus seres queridos y también a la persona que fue. Su sufrimiento no se expresa con lágrimas, sino con agotamiento, silencio, falta de deseo y dificultad para imaginar el futuro 4. Berigüete evita el melodrama. El dolor aparece en lo que el personaje no dice y en lo que ya no espera.

La casa: de refugio a archivo de ausencias

Gaston Bachelard escribió en La poética del espacio (1957) que la casa es nuestro «rincón del mundo», el espacio que protege el ensueño y conserva la intimidad. Berigüete toma esa imagen y la vacía. La casa materna, cubierta de polvo, humedad y grietas, guarda el mantel bordado, la jarra de aluminio, la hamaca y el colchón hundido como restos de una vida que ya no existe. Conserva la memoria, pero no puede devolver la presencia 4. Casa y hombre acaban pareciéndose: estructuras gastadas que siguen en pie, llenas de ausencias, detenidas entre la resistencia y el derrumbe. La novela deja una intuición difícil de olvidar: los espacios no guardan a quienes perdimos, solo sus huellas.

Repetición y supervivencia

La acción se reduce a gestos pequeños: preparar café, caminar por calles polvorientas, mecerse en la hamaca, visitar el cementerio, escuchar los grillos y ver cómo el sol mueve las sombras 4. No es lentitud gratuita, sino una decisión formal que hace sentir al lector la monotonía y el desgaste del protagonista. El mundo sigue indiferente: el pueblo conversa, los hombres juegan dominó y los niños corren mientras el sufrimiento individual queda sin respuesta. Es el escenario del absurdo que Camus describió en El mito de Sísifo (1942).

Aun así, la repetición tiene dos caras. Kierkegaard, en La repetición (1843), distinguía entre el recuerdo, que repite hacia atrás, y la repetición auténtica, que «recuerda hacia adelante» y hace posible seguir viviendo. El protagonista oscila entre ambas. Sus rutinas muestran el estancamiento, pero también le permiten sobrevivir. Cuando desaparecen los grandes propósitos, a veces vivir consiste solo en repetir mañana un gesto sencillo.

El cementerio: memoria como hogar y como encierro

El cementerio invierte la idea de pertenencia. Entre las tumbas de su madre y de su abuela, el protagonista encuentra la cercanía que los vivos le niegan. Pierre Nora llamó «lugares de memoria» a los espacios donde una comunidad fija su pasado. En Berigüete, el cementerio es además un lugar de memoria íntima, donde el recuerdo llega en fragmentos de sensaciones y no como un relato ordenado. Svetlana Boym, en El futuro de la nostalgia (2001), distinguió la nostalgia restauradora, que quiere reconstruir el hogar perdido, de la reflexiva, que convive con la pérdida sin negarla. El protagonista avanza lentamente de la primera a la segunda, pero paga un precio: mientras más se acerca a sus muertos, más se aleja de la comunidad viva.

El rumor y la segunda condena

El pueblo no es solo escenario, sino una conciencia colectiva que observa, interpreta y juzga. El colmado, la barbería, la iglesia y las conversaciones de esquina van construyendo sospechas a partir del silencio del protagonista. Erving Goffman, en Estigma (1963), mostró cómo una comunidad puede imponer a una persona una «identidad deteriorada» que termina ocupando el lugar de la persona real. Berigüete lleva esa idea a la ficción. La condena legal puede terminar, pero la condena social continúa y reduce a alguien, para siempre, a la versión que otros construyeron de él. En una época en que una reputación puede destruirse con relatos que nadie comprueba, la advertencia pesa.

Lo dominicano como vía hacia lo universal

El mayor mérito de la obra puede ser su lugar dentro de la literatura dominicana. Valle sostiene que el reconocimiento internacional de esa literatura se ha visto frenado por una mirada provinciana y localista. A su juicio, Berigüete encontró los vínculos entre lo autóctono y la experiencia humana universal, como lo hicieron Juan Rulfo, Onelio Jorge Cardoso, Horacio Quiroga o João Guimarães Rosa 2. El calor, el río, el dominó y el colmado no son decorado costumbrista: son el camino hacia el duelo, la culpa, la vejez y la búsqueda de sentido.

La comparación con Comala funciona con una salvedad. En Pedro Páramo dominan las voces de los muertos y la culpa histórica. En el pueblo de Berigüete dominan la repetición, la vigilancia y la pérdida del sentido de pertenencia. La fuerza de la novela no viene de imitar a Rulfo, sino de expresar inquietudes universales con una sensibilidad caribeña propia.

La madurez del oficio

El propio autor ha explicado que la novela esperó años en su computadora mientras la poesía ocupaba casi todo su trabajo. Esa disciplina le enseñó a desconfiar de la facilidad y a borrar las frases escritas solo para lucirse. También sintió que no podía acompañar al personaje hasta el final porque él mismo no había recorrido suficiente camino. Lo resume así: escribir consiste en «aceptar que nunca volveremos a ser el autor que fuimos» 5. La frase describe tanto el método del autor como el destino de su personaje. La prosa limpia, exacta y contenida del libro es el resultado de esa espera.

Aceptación o resignación

El final, deliberadamente ambiguo, es el centro moral de la obra. El protagonista deja de exigirle a la vida que le devuelva lo perdido: el agua no tiene que curarlo, la memoria no tiene que consolarlo y el pueblo no tiene que reconocerlo. Ese cambio puede leerse como una aceptación madura, cercana al ideal estoico de no rebelarse contra lo inevitable. También puede leerse como resignación, una paz lograda a costa de desear menos. Berigüete no ofrece moralejas tranquilizadoras ni presenta el regreso como una cura. Deja al lector la pregunta más difícil: dónde termina la serenidad y dónde empieza la desaparición interior.

El hombre que vuelve confirma una verdad que cualquier cultura reconoce: nadie regresa intacto a los lugares que alguna vez lo definieron, porque el tiempo cambió ese mundo y, sobre todo, cambió a quien se fue. Ítaca ya no existe como la recordábamos. El retorno perfecto no existe y solo queda decidir qué hacer con las ruinas. En esa conciencia sobria, dolorosa y profundamente humana está la madurez literaria de Marino Berigüete.


Referencias

Bachelard, G. (1957). La poétique de l’espace. Presses Universitaires de France.

Berigüete, M. (2026). El hombre que vuelve. Ilíada Ediciones.

Berigüete, M. (2026, 8 de agosto). El hombre que vuelve. El Caribe.

Boym, S. (2001). The future of nostalgia. Basic Books.

Camus, A. (1942). Le mythe de Sisyphe. Gallimard.

Freud, S. (1917). Trauer und Melancholie. Internationale Zeitschrift für Ärztliche Psychoanalyse, 4(6).

Goffman, E. (1963). Stigma: Notes on the management of spoiled identity. Prentice-Hall.

Heidegger, M. (1927). Sein und Zeit. Max Niemeyer.

Jankélévitch, V. (1974). L’irréversible et la nostalgie. Flammarion.

Kierkegaard, S. (1843). Gjentagelsen [La repetición]. C. A. Reitzel.

Montero, H. (2026, 29 de julio). El hombre que vuelve: una lectura desde el duelo, el existencialismo y la aceptación. Voces del Oeste.

Nora, P. (Dir.). (1984–1992). Les lieux de mémoire. Gallimard.

Rulfo, J. (1955). Pedro Páramo. Fondo de Cultura Económica.

Valle, A. (2026, 25 de julio). Una novela rotunda sobre ese drama humano que es vivir. El Caribe.

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