La nueva sorpresa electoral de Benjamín Netanyahu confirma su extraordinaria capacidad de supervivencia política, aunque no le entrega automáticamente el Gobierno. El verdadero veredicto de las urnas es más complejo: el primer ministro conserva una poderosa base social, pero Israel continúa fragmentado y ninguna mayoría estable parece posible sin acuerdos que hasta ahora sus dirigentes han rechazado.
El editorial Netanyahu Gives Israel One More Surprise, publicado por The Wall Street Journal el 28 de octubre de 2026, sostiene que resulta prematuro descartar a Benjamín Netanyahu. La conclusión es razonable: después de años de guerra, protestas internas, cuestionamientos por los fallos de seguridad del 7 de octubre de 2023 y una oposición convencida de que había llegado el final de su ciclo, el líder del Likud volvió a situarse en el centro del tablero. 1
Sin embargo, resistir no equivale necesariamente a vencer. Con el 97,3 % de los votos válidos contabilizados, el bloque de Netanyahu sumaba 54 escaños, siete menos de los 61 necesarios para controlar la Knésset. El Likud aparecía como primera fuerza con 27 diputados, mientras que Yashar!, encabezado por Gadi Eisenkot, obtenía 21. La oposición alcanzaba 48 escaños y las formaciones árabes reunían otros 18, una distribución que deja la formación del Gobierno en manos de la negociación parlamentaria. 2
El resultado demuestra que una parte considerable de la sociedad israelí continúa asociando a Netanyahu con experiencia, firmeza y capacidad para conducir al país en un entorno regional extraordinariamente peligroso. Sus adversarios pueden cuestionar su responsabilidad política, su estilo confrontativo o la dependencia de aliados religiosos y nacionalistas, pero no pueden ignorar que conserva una conexión electoral que ha sobrevivido a crisis que habrían terminado con la carrera de casi cualquier otro gobernante.
Esa supervivencia también expone las limitaciones de la oposición. Gadi Eisenkot, antiguo jefe del Estado Mayor, consiguió convertir su credibilidad militar en una alternativa competitiva, aunque todavía no logró transformar el rechazo a Netanyahu en una mayoría gubernamental coherente. Su bloque necesitaría algún tipo de entendimiento con partidos árabes, pero ese camino tropieza con profundas reservas ideológicas y estratégicas dentro de la propia oposición. Los resultados parciales otorgaban 48 escaños al bloque opositor y 19 a las fuerzas árabes en un momento anterior del escrutinio, suficientes aritméticamente para superar los 61, pero no necesariamente para construir una coalición políticamente funcional. 34
Ahí reside la gran paradoja de estas elecciones. Netanyahu volvió a demostrar que puede impedir que sus rivales lo desalojen con facilidad, pero todavía debe probar que puede gobernar más allá de su base. Eisenkot, por su parte, mostró que puede disputarle el liderazgo, pero aún no que pueda reunir bajo una misma fórmula a nacionalistas, centristas, liberales y representantes árabes. Ambos obtuvieron razones para proclamarse relevantes; ninguno recibió un mandato suficientemente amplio para actuar como vencedor absoluto.
El avance de las listas árabes agrega una dimensión histórica y democrática. Sus escaños pueden convertirse en el puente hacia una nueva mayoría o en el argumento utilizado por la derecha para endurecer su movilización. Excluirlas permanentemente de cualquier participación efectiva puede resultar electoralmente rentable para determinados sectores, pero también profundizaría la separación entre ciudadanía formal y representación política real. Integrarlas exige responsabilidad, compromisos explícitos con la institucionalidad israelí y una agenda nacional compartida; deslegitimarlas por principio condenaría al sistema a repetir sus bloqueos.
También sería un error interpretar el resultado como una aprobación ilimitada de todas las políticas del primer ministro. El voto parece reconocer su fortaleza como dirigente, pero la ausencia de mayoría expresa límites claros. Netanyahu conserva centralidad, no hegemonía. El electorado no lo ha jubilado, pero tampoco le ha entregado un cheque en blanco. La aritmética parlamentaria le exige lo que su trayectoria política suele dificultar: ampliar alianzas, moderar exigencias y convertir la resistencia personal en gobernabilidad nacional.
Para Israel, la cuestión decisiva ya no es quién sorprendió a quién en la noche electoral. Es si sus dirigentes podrán formular un Gobierno capaz de responder simultáneamente a la seguridad nacional, la reconstrucción institucional, las divisiones religiosas y sociales, la relación entre ciudadanos judíos y árabes, y la necesidad de recuperar confianza política. Otra elección producida por el fracaso de las negociaciones prolongaría la incertidumbre y confirmaría que el sistema puede contar votos, pero no siempre convertirlos en dirección estratégica.
La lección final es contundente: descartar a Benjamín Netanyahu fue prematuro, pero declararlo vencedor definitivo también lo sería. Su nueva sorpresa consiste en haber sobrevivido una vez más. Su desafío verdadero comienza ahora: demostrar que todavía puede construir una mayoría viable y gobernar una sociedad que continúa reconociendo su liderazgo, pero que ya no parece dispuesta a seguirlo sin condiciones.
Cambios editoriales aplicados: se transformó la premisa de The Wall Street Journal en un análisis más equilibrado, diferenciando supervivencia electoral, victoria parlamentaria y capacidad real de formar Gobierno. También se incorporaron el peso de Gadi Eisenkot, la representación árabe y los riesgos de un nuevo bloqueo institucional.
ooooo
Con información de @WSJopinion: Netanyahu le da a Israel una sorpresa más. La elección muestra que es demasiado pronto para descartar al Primer Ministro.
https://www.wsj.com/opinion/benjamin-netanyahu-israel-election-result-gadi-eisenkot-196bff9b a través de @WSJopinion
















