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Irán y la ilusión del ataque decisivo: poder militar sin estrategia política

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El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, junto a su secretario de Defensa (y Guerra), Pete Hegseth.
  • La preparación estadounidense para lanzar una operación de gran envergadura contra Irán en apenas 96 horas revela capacidad operativa, pero no necesariamente claridad estratégica. Destruir objetivos es posible; controlar la escalada, impedir la reconstrucción iraní y construir un orden regional estable constituyen desafíos mucho más difíciles.

La información difundida por CNN debe interpretarse con cautela, pero no minimizarse. El reportaje, atribuido a funcionarios estadounidenses no identificados, sostiene que las fuerzas de Estados Unidos desplegadas en Oriente Medio podrían iniciar una campaña de gran alcance contra Irán dentro de las 96 horas siguientes a una orden presidencial. La lista de posibles objetivos abarcaría instalaciones militares, infraestructuras energéticas y emplazamientos nucleares. Sin embargo, la propia información subraya que Donald Trump todavía no ha adoptado una decisión definitiva y que la Casa Blanca rehusó comentar los planes. [hromadske.ua], [today.lori…lejour.com]

Esa distinción es esencial. Tener preparada una opción militar no significa que exista una decisión política de ejecutarla. El Pentágono planifica continuamente escenarios de contingencia. Lo verdaderamente significativo no es que haya elaborado blancos, sino que, según diversas fuentes, Estados Unidos habría concentrado suficientes capacidades para superar la lógica de los ataques limitados y emprender una operación destinada a degradar de manera más profunda el aparato militar, nuclear y energético iraní. [hromadske.ua], [khaama.com]

El problema central, por tanto, no es si Washington puede atacar. Puede hacerlo. La pregunta decisiva es otra:¿qué resultado político pretende obtener y a qué coste estratégico?

 

La ventaja táctica estadounidense no garantiza una victoria estratégica

Estados Unidos conserva una superioridad abrumadora en aviación de largo alcance, inteligencia, vigilancia, guerra electrónica, submarinos, misiles de precisión y coordinación conjunta con Israel. Pero la experiencia contemporánea demuestra que la superioridad tecnológica puede destruir fuerzas, instalaciones y sistemas de mando sin resolver el problema político que originó el conflicto.

El informe del Congressional Research Service: U.S. Conflict with Iran, actualizado el 18 de septiembre de 2026, ofrece un dato revelador: la Oficina de Presupuesto del Congreso estimó que las operaciones militares estadounidenses relacionadas con el conflicto habían costado 38.000 millones de dólares hasta el 1 de agosto. El mismo informe recoge una evaluación del Pentágono según la cual el consumo de municiones produjo déficits estratégicos de inventario y expuso cuellos de botella en la capacidad industrial para reponerlas. [congress.gov]

Este dato altera el cálculo convencional. Una nueva campaña no comenzaría sobre un tablero intacto, sino después de meses de desgaste material, consumo de interceptores, presión sobre las cadenas logísticas y creciente tensión sobre la base industrial de defensa. Una potencia puede dominar el espacio aéreo y, al mismo tiempo, descubrir que cada ciclo de ataques reduce las reservas necesarias para disuadir a otros competidores.

Irán, por su parte, difícilmente podría derrotar militarmente a Estados Unidos en un enfrentamiento convencional. Su estrategia consiste en negar a Washington una victoria económica y políticamente asumible. Para ello puede dispersar capacidades, utilizar instalaciones subterráneas, multiplicar los vectores de represalia y trasladar el coste del conflicto a bases estadounidenses, aliados regionales, rutas marítimas e infraestructuras energéticas.

El análisis Visualizing Iran’s Escalation Strategy, del Center for Strategic and International Studies, sostiene que Teherán habría abandonado parcialmente su antigua respuesta calibrada para adoptar una escalada horizontal y vertical: ampliar la geografía del conflicto y extender progresivamente los ataques desde objetivos militares hacia infraestructuras críticas. La lógica iraní no sería ganar cada intercambio, sino convencer a Washington, Israel y los Estados del Golfo de que ninguna ofensiva puede mantenerse sin provocar costes regionales y globales desproporcionados. [csis.org]

Aquí reside el peligro. Un ataque estadounidense que destruya cien objetivos podría ser presentado como un éxito operativo. Pero si provoca ataques contra bases, puertos, aeropuertos, refinerías, terminales de gas o navegación comercial, el balance estratégico dejaría de medirse exclusivamente por los daños infligidos a Irán.

 

El expediente nuclear: atacar lo conocido sin controlar lo desconocido

La dimensión nuclear es todavía más compleja. La Agencia Internacional de Energía Atómica publicó en 2026 varios informes sobre la aplicación de salvaguardias y el programa nuclear iraní, entre ellos los documentos GOV/2026/8, GOV/2026/33 y GOV/2026/50. [iaea.org]

El Informe GOV/2026/8 del OIEA recuerda que, tras los ataques de junio de 2025, la verificación debía incluir la localización, cantidad, forma química y niveles de enriquecimiento del uranio iraní, así como los inventarios de centrifugadoras y equipos relacionados. Posteriormente, el análisis del Institute for Science and International Security sobre los informes de junio de 2026 describió una pérdida casi total de supervisión, existencias de uranio enriquecido sin contabilizar y actividades que el organismo internacional no podía verificar. [iaea.org] [isis-online.org], [isis-online.org]

Reuters informó en junio que el OIEA seguía sin poder determinar el destino de las reservas iraníes de uranio enriquecido, incluido material enriquecido hasta el 60 %, debido a la falta de acceso a instalaciones bombardeadas. En septiembre, la Junta de Gobernadores del organismo remitió el incumplimiento iraní al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, después de que una resolución respaldada por 23 Estados reclamara a Teherán que subsanara urgentemente la falta de cooperación. [reuters.com] [armscontrol.org]

Esta incertidumbre produce una paradoja estratégica: cuanto menor es la visibilidad sobre el programa nuclear, mayor puede ser la tentación de atacar; pero cuanto menor es esa visibilidad, menor es también la capacidad de garantizar que los ataques destruyan todos los materiales, equipos y conocimientos relevantes.

Bombardear plantas conocidas no elimina el conocimiento científico. Tampoco garantiza la destrucción del material trasladado, enterrado o dispersado. Una campaña contra instalaciones nucleares puede retrasar un programa, pero también puede empujar a la dirigencia iraní a concluir que la única disuasión efectiva frente a futuros ataques consiste en abandonar cualquier ambigüedad y buscar abiertamente una capacidad nuclear militar.

Por ello, el criterio de éxito no puede ser únicamente el número de instalaciones destruidas. Debería medirse por la posibilidad de restablecer inspecciones, recuperar trazabilidad sobre las reservas, impedir la reconstrucción clandestina y reducir los incentivos de proliferación. Sin esos resultados, una operación militar puede ganar tiempo, pero no resolver el problema.

 

Ormuz: el multiplicador económico de la crisis

El estrecho de Ormuz convierte una confrontación bilateral en una amenaza sistémica. La Administración de Información Energética de Estados Unidos calcula que durante el primer semestre de 2025 transitaron por esa vía aproximadamente 20,9 millones de barriles diarios de petróleo y otros líquidos. La Agencia Internacional de la Energía estima que en 2025 pasaron por el estrecho alrededor de 20 millones de barriles diarios, equivalentes aproximadamente al 25 % del comercio marítimo mundial de petróleo; cerca del 80 % se dirigió hacia Asia. También señala que las exportaciones de gas natural licuado de Qatar y Emiratos Árabes Unidos que utilizan esa ruta representan aproximadamente el 19 % del comercio mundial de GNL. [eia.gov] [iea.org]

Las rutas terrestres alternativas resultan insuficientes. La capacidad estimada de los oleoductos que podrían desviar crudo fuera de Ormuz se sitúa entre 3,5 y 5,5 millones de barriles diarios, muy por debajo del volumen que normalmente atraviesa el estrecho. Además, el rastreador conjunto de la Organización Mundial del Comercio y AXSMarine indicó que la navegación permaneció severamente restringida durante julio y agosto de 2026, sin una recuperación amplia y sostenida en las exportaciones de crudo, GNL y productos vinculados a fertilizantes. [iea.org] [datalab.wto.org]

Estos datos explican por qué atacar la infraestructura energética iraní no sería una decisión puramente militar. Podría producir represalias contra instalaciones del Golfo, elevar las primas de seguros, reducir el tráfico marítimo, encarecer el transporte y transmitir la crisis hacia los precios de combustibles, electricidad, alimentos y fertilizantes.

Para China, India, Japón y Corea del Sur, principales receptores asiáticos de los flujos energéticos que atraviesan Ormuz, una escalada prolongada sería una amenaza directa a su seguridad económica. Para Europa supondría mayor competencia por cargamentos alternativos. Para economías importadoras de energía como la República Dominicana, el impacto aparecería mediante combustibles más caros, presión sobre el coste de generación eléctrica, transporte, subsidios, balanza comercial e inflación.

 

Israel, Estados Unidos y la divergencia de objetivos

La presión israelí añade otro nivel de incertidumbre. Según la información examinada, el Gobierno de Benjamin Netanyahu habría defendido nuevos ataques y explorado una actuación conjunta, mientras Washington habría pedido postergarla hasta completar sus propios preparativos. La oficina del primer ministro israelí rechazó parte de esa versión calificándola de falsa. [today.lori…lejour.com], [vinnews.com]

La controversia no es secundaria. Estados Unidos e Israel pueden coincidir en debilitar las capacidades nucleares, misilísticas y militares de Irán, pero no necesariamente comparten el mismo horizonte político, tolerancia al riesgo ni definición de victoria. La destrucción de infraestructura nuclear es un objetivo distinto al cambio de régimen. La protección de la navegación es diferente a la eliminación de la capacidad energética iraní. La disuasión no equivale a la ocupación ni a la transformación política del país.

Si Netanyahu concibe la presión militar como instrumento para precipitar la caída del régimen, mientras Donald Trump busca restaurar la disuasión, reabrir Ormuz o forzar una negociación, la coalición podría entrar en guerra con objetivos parcialmente incompatibles. Y cuando los aliados comparten los medios pero no el estado final deseado, aparecen incentivos para ampliar unilateralmente la campaña.

 

La cuestión constitucional y la legitimidad internacional

La eventual operación también enfrentaría objeciones jurídicas y constitucionales. La resolución H. Con. Res. 89, presentada en la Cámara de Representantes en abril de 2026, buscaba ordenar la retirada de fuerzas estadounidenses de hostilidades contra Irán salvo que existiera una declaración de guerra o una autorización específica del Congreso. El texto preservaba expresamente el derecho de Estados Unidos a defenderse de un ataque inminente. [congress.gov]

En el Senado, la S. J. Res. 184 afirmó que el Congreso no había declarado la guerra a Irán ni aprobado una autorización específica para emplear la fuerza, y recordó el límite temporal establecido por la Resolución de Poderes de Guerra después de la notificación presidencial. En septiembre, otra iniciativa para terminar las hostilidades fue rechazada por 49 votos contra 50, reflejo de la profunda división política existente sobre la conducción del conflicto. [schiff.senate.gov] [cnbc.com]

En el ámbito internacional, un ataque contra instalaciones nucleares, energéticas o gubernamentales necesitaría una justificación compatible con la Carta de Naciones Unidas. La defensa propia exige un ataque armado o una amenaza inminente jurídicamente defendible. La doctrina del cambio de régimen, por sí sola, no constituye una base suficiente para el uso de la fuerza.

La legitimidad no es un adorno moral. Determina la cooperación de aliados, el acceso a bases, la sostenibilidad de sanciones, la respuesta de los mercados y la capacidad de construir una coalición diplomática después de la operación.

 

Editorial: el verdadero riesgo es una guerra sin arquitectura de salida

La información de CNN no prueba que Donald Trump haya decidido atacar. Sí demuestra que la opción militar ocupa un lugar central en la política estadounidense hacia Irán y que la infraestructura operativa para una campaña considerable estaría preparada. Conviene evitar tanto el alarmismo como la complacencia.

Una ofensiva podría degradar radares, lanzadores, centros de mando, defensas aéreas, instalaciones nucleares e infraestructura energética. Lo que no puede garantizar es la destrucción completa del programa nuclear, el colapso controlado del régimen, la restauración automática de la navegación o la ausencia de represalias.

Por ello, antes de ordenar una operación de esta magnitud, Washington debería responder públicamente a cinco preguntas estratégicas: cuál es el objetivo político final, cómo define la victoria, qué límites regirán la selección de blancos, cómo protegerá a sus fuerzas y aliados de la represalia, y qué mecanismo diplomático entrará en funcionamiento desde el primer día de la campaña.

La salida responsable no consiste en descartar el poder militar, sino en subordinarlo a una estrategia verificable. Esa estrategia tendría que combinar una exigencia inmediata de acceso del OIEA, garantías de navegación en Ormuz, canales de comunicación militar para evitar errores de cálculo, un marco progresivo de alivio de sanciones condicionado al cumplimiento y participación de los Estados del Golfo, Europa y potencias asiáticas dependientes de la energía regional.

La gran lección geopolítica es sencilla: Estados Unidos puede iniciar una guerra contra Irán en 96 horas, pero nadie puede asegurar que pueda terminarla en 96 días, ni siquiera en 96 semanas. Sin un estado final definido, una nueva campaña podría destruir más y resolver menos. La verdadera demostración de poder no sería lanzar la operación más grande, sino convertir la capacidad militar en una negociación que reduzca de manera verificable el riesgo nuclear, reabra las rutas energéticas y evite que Oriente Medio quede atrapado en una guerra permanente.

Nota: La redacción fue estructurada como editorial estratégico, diferenciando los hechos confirmados, las afirmaciones atribuidas a fuentes anónimas y el análisis prospectivo. Se reforzó con datos del OIEA, CRS, EIA, AIE, Congreso de Estados Unidos, CSIS y Arms Control Association para evaluar las dimensiones militar, nuclear, energética, jurídica y diplomática.

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