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Lula, el último gran estratega: cómo Brasil frenó la ola conservadora y volvió a convertirse en el árbitro geopolítico de América Latina

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Luiz Inácio Lula da Silva celebra una remontada histórica que preserva la autonomía estratégica de Brasil y restablece el equilibrio geopolítico de América Latina. Su victoria frena el avance bolsonarista, pero abre un cuarto mandato condicionado por un Congreso conservador, fuertes restricciones fiscales y la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China.

La remontada electoral de Luiz Inácio Lula da Silva no significa que la izquierda haya conquistado una hegemonía regional ni que el bolsonarismo haya desaparecido. Representa la victoria pragmática de un dirigente que reconstruyó en veinte días su coalición electoral, ocupó el centro político y preservó la autonomía estratégica de la principal potencia latinoamericana frente a las presiones de Washington y Pekín. Su cuarto mandato comienza, sin embargo, bajo las restricciones de un Congreso conservador, una economía con escaso margen fiscal y un sistema internacional sometido a una competencia cada vez más intensa entre grandes potencias.

Por Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor

A los 80 años, cuando la política suele reservar a sus dirigentes veteranos funciones ceremoniales, responsabilidades consultivas o una retirada progresiva de la competición electoral, Luiz Inácio Lula da Silva volvió a desafiar los límites de la longevidad política y protagonizó una de las remontadas más impresionantes de la historia democrática latinoamericana. No se limitó a ganar una elección: reconstruyó en apenas tres semanas una coalición electoral que parecía agotada, recuperó la iniciativa estratégica frente a Flávio Bolsonaro y evitó que la mayor potencia de América Latina quedara subordinada a la arquitectura hemisférica promovida por el presidente estadounidense Donald Trump.

En la primera vuelta, celebrada el 4 de octubre de 2026, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03 % de los votos válidos, frente al 45,16 % alcanzado por Lula. La diferencia superó los 2,2 millones de sufragios. En el balotaje del 25 de octubre, sin embargo, el presidente brasileño consiguió el 51,78 %, mientras su rival alcanzó el 48,22 %. La ventaja final fue de aproximadamente 4,4 millones de votos, con una participación del 80,78 %, superior al 78,92 % registrado en la primera vuelta. Lula captó una parte sustancial del aumento de la participación, de la reducción de los votos blancos y nulos y de los electores que inicialmente habían respaldado otras candidaturas. [chequeado.com]

Archivo: Foto oficial do Presidente da República Luiz Inácio Lula da Silva

Su victoria estableció dos precedentes. Lula será el primer presidente de Brasil elegido democráticamente para cuatro mandatos y el primer candidato, desde el retorno de las elecciones presidenciales directas, capaz de revertir en una segunda vuelta una derrota sufrida en la primera. Pero estos récords no deben ocultar la naturaleza contradictoria del resultado. Lula ganó la Presidencia, aunque no conquistó la hegemonía política, cultural ni legislativa de Brasil. El bolsonarismo perdió el Palacio del Planalto, pero conservó una enorme capacidad de movilización social, representación territorial e influencia parlamentaria. [cnbc.com], [chequeado.com]

La lectura más cómoda consistiría en proclamar que Brasil rechazó a la derecha. La interpretación rigurosa obliga a reconocer algo distinto: el electorado impidió que una derecha de vocación plebiscitaria controlara la totalidad del Estado, pero no abandonó el conservadurismo. El Congreso entrante será el más conservador desde la redemocratización brasileña y los aliados de Bolsonaro contarán con mayorías suficientemente amplias para condicionar el presupuesto, obstaculizar reformas y someter cada iniciativa presidencial a negociaciones difíciles. [reuters.com]

La paradoja es formidable. El líder más reconocido de la izquierda latinoamericana deberá gobernar con uno de los parlamentos más conservadores de la región. No habrá restauración automática de la llamada “marea rosa”, ni disponer de la Presidencia equivaldrá a controlar el poder. El cuarto mandato dependerá menos de la épica electoral que de la capacidad para negociar con el centro, dividir a la oposición, administrar las demandas sociales y construir mayorías legislativas variables sin desnaturalizar completamente el programa gubernamental.

La victoria se explica, ante todo, por la plasticidad estratégica de Lula. Después de la primera vuelta, su campaña abandonó la inercia defensiva, amplió la disputa digital, recuperó la movilización territorial y orientó el mensaje hacia preocupaciones concretas: empleo, endeudamiento familiar, coste de vida, crédito, microemprendimiento, inseguridad y expansión de las apuestas digitales. El politólogo Eduardo Sincofsky destacó que la ofensiva en plataformas digitales organizó misiones destinadas a difundir mensajes e intervenir en conversaciones ciudadanas, con el propósito de alcanzar indecisos y abstencionistas, no solamente a los votantes ya convencidos. [infobae.com]

Lula comprendió que la elección no se decidiría convenciendo únicamente a quienes dudaban entre dos candidatos. También debía movilizar a los ciudadanos que lo preferían, pero no tenían intención de acudir a las urnas. Esa diferencia entre preferencia pasiva y conducta electoral efectiva resultó crucial. La política contemporánea no se gana simplemente acumulando simpatías; se gana transformando identificación emocional en participación, organización y voto.

La primera clave intelectual para interpretar esta estrategia procede de Hans J. Morgenthau, uno de los principales tratadistas del realismo político. Morgenthau (1993) sostuvo que “el estadista debe pensar en términos del interés nacional, concebido como poder entre otros poderes” (p. 167). Su advertencia ayuda a comprender por qué Lula dejó de comportarse exclusivamente como jefe histórico de la izquierda y actuó como un dirigente que necesitaba reconstruir poder. No renunció a su identidad, pero adaptó su discurso, hizo concesiones tácticas y ocupó espacios simbólicos que la derecha consideraba propios.

El presidente mantuvo la defensa de los programas sociales y los derechos laborales, pero endureció su lenguaje sobre seguridad. Reivindicó la igualdad, aunque buscó tranquilizar al empresariado. Criticó las presiones estadounidenses, pero evitó presentar la relación con Estados Unidos como una enemistad ideológica. En otras palabras, hizo lo que realizan los grandes estrategas cuando la derrota parece inminente: modificó los instrumentos sin abandonar el objetivo.

La segunda clave la ofrece Joseph S. Nye Jr., quien definió el poder blando como “la capacidad de obtener lo que se desea mediante la atracción, en lugar de la coerción o los pagos” (Nye, 2004, p. 5). La remontada de Lula no fue producto del control institucional ni de una maquinaria gubernamental omnipotente. Fue posible porque su figura todavía conserva una considerable capacidad de atracción entre sectores que asocian sus primeros gobiernos con movilidad social, empleo, reconocimiento de los trabajadores, expansión educativa y presencia internacional de Brasil. [goodreads.com], [archive.org]

Ese capital simbólico no debe confundirse con adhesión ideológica incondicional. Muchos brasileños votaron por Lula no porque se hubieran convertido a la izquierda, sino porque lo consideraron más experimentado, menos imprevisible o más capaz de preservar la institucionalidad. Otros rechazaron la radicalización del bolsonarismo, pero continuaron votando por candidatos conservadores en el Congreso y en los gobiernos estatales. Esa fragmentación demuestra que la sociedad brasileña no puede reducirse a dos bloques perfectamente cohesionados.

La tercera aportación procede de Robert O. Keohane. El teórico del institucionalismo liberal sostuvo que los regímenes internacionales reducen la incertidumbre, disminuyen los costes de las transacciones legítimas y facilitan negociaciones capaces de producir acuerdos mutuamente beneficiosos (Keohane, 1984, p. 244). Esta perspectiva resulta relevante porque el proyecto de Lula no descansa en la capacidad de Brasil para imponer su voluntad, sino en su habilidad para utilizar instituciones, coaliciones y bloques multilaterales como multiplicadores de influencia. [archive.org], [goodreads.com]

El Mercosur, los BRICS, el G20, las Naciones Unidas y los mecanismos de cooperación Sur-Sur permiten a Brasil ejercer un peso superior al que obtendría actuando aisladamente. Para una potencia intermedia, el multilateralismo no constituye un adorno diplomático. Es una tecnología de poder. Proporciona foros, reglas, alianzas y capacidad de negociación frente a actores materialmente superiores.

Por eso la derrota de Flávio Bolsonaro tiene una trascendencia que supera las fronteras brasileñas. Su triunfo habría acercado decisivamente a Brasil al bloque continental alineado con Donald Trump, debilitando la autonomía diplomática brasileña y reduciendo el margen político de los BRICS en el hemisferio occidental. El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos había advertido que una cooperación más estrecha con Estados Unidos en seguridad y lucha contra el crimen organizado podía limitar la capacidad de actuación independiente de Brasil y modificar su tradicional política de autonomía estratégica y alineamiento múltiple. [iiss.org]

No obstante, caracterizar a Lula como un dirigente antiestadounidense sería un error. Su proyecto exterior no consiste en romper con Washington para someterse a Pekín, ni en reemplazar una dependencia por otra. Su objetivo histórico ha sido ampliar el margen de maniobra brasileño mediante la diversificación de socios, mercados e instituciones.

Aquí aparece la cuarta contribución teórica. Tullo Vigevani y Gabriel Cepaluni (2007) denominaron “autonomía mediante la diversificación” a la estrategia de establecer relaciones con nuevos socios económicos y políticos para reducir asimetrías y aumentar la capacidad negociadora del país. En la política exterior de los primeros gobiernos de Lula, esa diversificación incluyó una mayor coordinación con India, Sudáfrica, China, Rusia y los países sudamericanos, sin que ello implicara una ruptura con las potencias occidentales. [academia.edu], [scispace.com]

En 2026, esa estrategia es todavía más necesaria. La rivalidad entre Estados Unidos y China ya no se limita al comercio. Abarca tecnología, semiconductores, inteligencia artificial, minerales críticos, infraestructuras, control de datos, finanzas, energía, rutas marítimas y capacidad militar. Brasil necesita inversión y acceso tecnológico estadounidense, pero China es una contraparte económica decisiva. Elegir mecánicamente un bando reduciría su autonomía y debilitaría su capacidad de obtener beneficios de ambos polos.

La quinta referencia corresponde a Celso Amorim, uno de los principales arquitectos de la diplomacia brasileña contemporánea. Su propuesta no consiste en sustituir la unipolaridad por zonas rígidas de influencia, sino en fortalecer una multipolaridad acompañada de multilateralismo. En 2026, Amorim afirmó que Brasil debía diversificar sus relaciones para actuar de forma “más amplia, más libre” frente a las opciones existentes (Amorim, 2026, párr. 9). Su razonamiento revela una diferencia esencial: la multipolaridad, por sí sola, no garantiza autonomía. También puede producir repartos informales del mundo entre grandes potencias. La tarea brasileña consiste en impedir que América Latina vuelva a ser tratada como área de influencia exclusiva de cualquier poder externo. [brasil247.com]

La sexta aportación procede de Sean W. Burges, quien desarrolló el concepto de “hegemonía consensual” para explicar cómo una potencia regional puede articular, difundir y mantener una visión estructural sin recurrir primordialmente a la coerción. En ese modelo, el liderazgo se construye mediante ideas, diálogo e incorporación de los intereses de los actores formalmente subordinados (Burges, 2008, p. 65). No obstante, el propio Burges advirtió posteriormente que la reticencia brasileña a asumir costes materiales y proporcionar bienes públicos regionales limitaba su capacidad de liderazgo, hasta el punto de convertirlo potencialmente en un “líder sin seguidores” (Burges, 2015, pp. 193-207). [ojs.ufgd.edu.br], [scispace.com] [link.springer.com], [researchpo…anu.edu.au]

Esta objeción es central. Brasil puede convocar cumbres, promover declaraciones y defender la integración, pero su condición de árbitro regional dependerá de resultados tangibles. Liderar implica financiar infraestructuras, abrir mercados, facilitar energía, fortalecer cadenas productivas, apoyar mecanismos de resolución de crisis y aceptar determinados costes en favor de los vecinos. Una potencia que solamente pronuncia discursos no construye un espacio geopolítico; administra una ilusión diplomática.

La séptima cita permite situar a Brasil dentro de la competencia mundial. Zbigniew Brzezinski (1997) sostuvo que “desde que los continentes comenzaron a interactuar políticamente, hace unos quinientos años, Eurasia ha sido el centro del poder mundial” (p. xiii). Aunque su análisis se concentraba en la centralidad euroasiática, la globalización de las cadenas productivas ha convertido a América Latina en un espacio indispensable para la competencia por alimentos, energía, minerales, agua, biodiversidad, mercados y respaldo diplomático. [en.wikiquote.org]

En ese tablero, Brasil no es una pieza marginal. Posee escala territorial, población, recursos naturales, capacidad agroindustrial, reservas energéticas, industria aeronáutica, peso diplomático y una posición privilegiada en el Atlántico Sur. La pugna internacional por los minerales críticos, la transición energética, el control tecnológico y la seguridad alimentaria aumentará su valor estratégico. Lula entiende que ese valor debe convertirse en capacidad negociadora, no en simple disponibilidad de materias primas.

La victoria brasileña detuvo una expansión conservadora, pero no creó una nueva hegemonía progresista. América Latina continúa fragmentada entre gobiernos de izquierda, derecha, centroderecha, regímenes autoritarios y administraciones que combinan políticas provenientes de tradiciones ideológicas diferentes. Argentina, Paraguay, Ecuador y otros países conservan orientaciones alejadas del Partido de los Trabajadores. Por ello, el liderazgo regional de Lula no podrá descansar en afinidades partidarias. Tendrá que asentarse en comercio, inversión, infraestructuras, seguridad energética, interconexión física, cooperación tecnológica y diplomacia presidencial.

La economía doméstica será el examen decisivo. El Fondo Monetario Internacional proyecta para Brasil un crecimiento real aproximado del 2,2 % durante 2026, una inflación media del 4,4 % y un desempleo cercano al 6,2 %. Sus estimaciones también reflejan un elevado endeudamiento público y un déficit gubernamental considerable, factores que restringen el margen para incrementar el gasto. [imf.org], [imf.org]

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe ha advertido que la región permanece atrapada en un ciclo de bajo crecimiento, inversión insuficiente, reducida productividad, elevada informalidad y vulnerabilidad frente a las condiciones financieras internacionales. El desafío de Lula consistirá en proteger los programas sociales sin precipitar una crisis fiscal; elevar el salario real sin alimentar la inflación; promover inversión sin desmantelar las capacidades reguladoras del Estado; y mejorar la competitividad sin trasladar todos los costes del ajuste a los sectores populares. [cepal.org], [en.mercopress.com]

Monica de Bolle, investigadora sénior del Peterson Institute for International Economics, ha señalado que el panorama macroeconómico general no es favorable. Oliver Stuenkel, profesor de la Fundación Getulio Vargas, considera que la fortaleza de la derecha legislativa puede limitar al presidente desde el comienzo de su mandato. Por su parte, Michael Ahn Paarlberg, del Center for International Policy, resume la paradoja afirmando que Lula continúa siendo la figura dominante de su era, aunque llega políticamente más débil. [reuters.com]

A la restricción fiscal se añade la inseguridad. Las organizaciones criminales brasileñas operan mediante redes nacionales y transnacionales vinculadas al narcotráfico, las prisiones, el contrabando, la minería ilegal, el blanqueo de capitales y el control territorial. Aunque determinados indicadores de violencia mejoraron durante 2025, el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos observó un empeoramiento de la percepción ciudadana ante la expansión visible del Comando Vermelho y del Primeiro Comando da Capital. Si Lula no combina inteligencia financiera, cooperación internacional, fortalecimiento policial, reforma penitenciaria y prevención social, la derecha utilizará cada episodio delictivo como prueba de una supuesta incapacidad progresista para ejercer autoridad. [iiss.org]

El tercer desafío es sucesorio. El Partido de los Trabajadores continúa excesivamente vinculado a la biografía de Lula. Su voz, origen obrero, capacidad negociadora y relación emocional con los sectores populares son activos difíciles de transferir. La victoria de 2026 resuelve una elección, pero no responde quién podrá preservar la coalición progresista cuando el presidente abandone definitivamente la competición electoral. La paradoja es dura: cuanto más indispensable se vuelve Lula, más evidente resulta la fragilidad estructural de su movimiento.

Para la República Dominicana, el resultado brasileño debe analizarse sin romanticismo ideológico ni prejuicio partidario. Un Brasil políticamente estable y diplomáticamente activo puede ofrecer oportunidades en agricultura, biocombustibles, industria aeronáutica, medicamentos, defensa, educación técnica, seguridad alimentaria, infraestructuras y transición energética. La diplomacia dominicana debería transformar la relación bilateral en programas verificables de cooperación, inversiones, transferencia tecnológica y ampliación comercial.

Santo Domingo también debe comprender que la rivalidad entre Estados Unidos y China modificará las condiciones de inserción de todo el Caribe. La estrategia brasileña de diversificación puede ofrecer enseñanzas útiles: cooperar con distintos polos, proteger las decisiones soberanas y evitar subordinaciones automáticas. La República Dominicana no posee el tamaño de Brasil, pero puede practicar una diplomacia económica inteligente, guiada por intereses nacionales definidos y no por reflejos ideológicos importados.

Lula frenó la expansión de la derecha trumpista en la mayor democracia latinoamericana, pero no destruyó el bolsonarismo. Preservó la autonomía exterior brasileña, pero todavía debe demostrar que esa autonomía produce desarrollo interno. Reforzó la posición de los BRICS, pero deberá impedir que la multipolaridad se transforme en subordinación a Pekín. Defendió los programas sociales, pero encontrará límites fiscales, monetarios y legislativos capaces de reducir su margen de actuación.

Su cuarta Presidencia será exitosa si logra convertir una victoria personal en una estrategia duradera de Estado. Eso exige reconciliar protección social y responsabilidad fiscal; liderazgo regional y provisión de bienes públicos; autonomía diplomática y apertura comercial; seguridad ciudadana y respeto al Estado de derecho; multipolaridad y multilateralismo.

A los 80 años, el antiguo obrero metalúrgico no conquistó América Latina ni inauguró una hegemonía progresista continental. Hizo algo más complejo: impidió que la principal potencia regional quedara absorbida por un alineamiento externo, restableció el equilibrio político del hemisferio y devolvió al Sur Global uno de sus interlocutores más experimentados.

Lula no emerge como emperador ideológico de la región. Regresa como su árbitro más influyente: obligado a negociar en casa, equilibrar fuerzas en el exterior y preparar una sucesión que preserve la autonomía brasileña cuando él ya no esté disponible. Su verdadera victoria no consiste en controlar América Latina, sino en impedir que otros la controlen sin resistencia.

Lula no conquistó la hegemonía continental ni derrotó definitivamente al bolsonarismo. Logró algo más complejo: impidió que la principal potencia latinoamericana quedara atrapada en un alineamiento automático, frenó la ola conservadora y preservó para Brasil la capacidad de decidir su propio rumbo entre Washington y Pekín.
Referencias

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Burges, S. W. (2015). Revisiting consensual hegemony: Brazilian regional leadership in question. International Politics, 52(2), 193-207. https://doi.org/10.1057/ip.2014.43 [researchpo…anu.edu.au]

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Morgenthau, H. J. (1993). Politics among nations: The struggle for power and peace (6.ª ed.). McGraw-Hill. (Trabajo original publicado en 1948). [libquotes.com]

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Paarlberg, M. A., & Atherton, K. D. (2026, 8 de octubre). Q&A: Brazil’s elections and the return of Bolsonarismo. Center for International Policy. [internatio…policy.org]

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Vigevani, T., & Cepaluni, G. (2007). A política externa de Lula da Silva: A estratégia da autonomia pela diversificação. Contexto Internacional, 29(2), 273-335. https://doi.org/10.1590/S0102-85292007000200002 [scispace.com]

Corrección y robustecimiento aplicados: la versión final incorpora siete aportaciones teóricas de Morgenthau, Nye, Keohane, Vigevani y Cepaluni, Amorim, Burges y Brzezinski; integra las citas mediante el sistema autor-fecha de APA 7; amplía el análisis electoral, económico, institucional y geopolítico; y conserva el formato solicitado de título, bajada y cuerpo corrido, sin subtítulos internos ni viñetas.

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