Inicio ECONÓMICAS La energía no es una mercancía más, sino la infraestructura del poder

La energía no es una mercancía más, sino la infraestructura del poder

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La retórica política levanta fronteras, pero la energía las derriba: Estados Unidos y Canadá pueden enfrentarse comercialmente, aunque siguen unidos por una dependencia energética que ninguno puede romper sin pagar un alto precio.

La decisión de Donald Trump y Mark Carney de no extender los nuevos aranceles del 50 % al núcleo energético no representa moderación ideológica ni reconciliación política. Es, fundamentalmente, un acto de realismo económico.

En 2024, Canadá aportó el 61,7 % del crudo, prácticamente todo el gas natural y el 81,6 % de la electricidad importados por Estados Unidos. Además, el comercio bilateral energético alcanzó aproximadamente 151.000 millones de dólares estadounidenses.

Esto significa que una ruptura abrupta no castigaría únicamente al productor canadiense. También afectaría a las refinerías estadounidenses configuradas para procesar crudos pesados, a los consumidores del Medio Oeste y del Nordeste, a las redes eléctricas regionales y, finalmente, a la inflación estadounidense. La propia Administración de Información Energética de Estados Unidos considera que el mercado estadounidense probablemente seguirá siendo el destino preferente del petróleo canadiense debido a la infraestructura existente y a las características técnicas de sus refinerías.

La energía funciona, por tanto, como una especie de “zona de contención estratégica”. Ambos gobiernos pueden elevar el tono, penalizar automóviles, acero, bienes industriales o productos agrícolas, pero saben que cruzar plenamente la frontera energética convertiría una disputa comercial en una crisis continental de abastecimiento, precios e infraestructura.

Una precisión necesaria: la energía no está completamente exenta

El artículo acierta en lo esencial, pero simplifica demasiado cuando presenta el petróleo, el gas y la electricidad como sectores intocados. Las nuevas tarifas del 50 % no incluyeron esos productos, pero la energía y algunos derivados petrolíferos continuaban sometidos a un gravamen del 10 % introducido anteriormente.

La formulación más rigurosa sería esta: la energía fue excluida de la escalada arancelaria máxima, no necesariamente de todo el régimen arancelario.

La diferencia es importante. No estamos ante libre comercio energético pleno, sino ante una discriminación calculada entre aquello que puede utilizarse como presión política y aquello cuya interrupción produciría costes inmediatos para el propio país que impone el castigo.

Interdependencia, pero no simetría perfecta

Existe dependencia mutua, aunque sus consecuencias no son idénticas.

Para Estados Unidos, la energía canadiense representa seguridad de suministro, proximidad geográfica, infraestructura amortizada y compatibilidad con numerosas refinerías. Para Canadá, el mercado estadounidense constituye algo todavía más decisivo: el destino dominante de su producción exportable.

En 2024, Estados Unidos recibió el 94,4 % de las exportaciones canadienses de hidrocarburos medidas en barriles equivalentes de petróleo. Ese año las exportaciones canadienses de crudo, productos refinados, gas natural y líquidos del gas hacia Estados Unidos alcanzaron 169.800 millones de dólares canadienses.

Por eso, afirmar que “sin compradores estadounidenses no existe un verdadero mercado energético canadiense” es retóricamente excesivo, pero refleja una vulnerabilidad estructural auténtica. Canadá posee los recursos, pero buena parte de las rutas, los oleoductos, los contratos y la capacidad logística fueron construidos pensando en el consumidor estadounidense.

Washington depende del suministro canadiense; Ottawa depende, en mayor medida, del acceso al mercado estadounidense. Esa diferencia concede a Estados Unidos una ventaja negociadora, aunque no libertad absoluta para utilizarla.

La contradicción central de la política de Donald Trump

La retórica de autosuficiencia energética estadounidense choca con la especialización real del sistema norteamericano. Producir grandes cantidades de petróleo no significa disponer de todos los tipos de crudo, en todos los lugares y con las conexiones necesarias para abastecer cada refinería.

El crudo canadiense no se sustituye simplemente colocando otro barril sobre un barco. Hay diferencias de densidad, contenido de azufre, costes de transporte, capacidad de oleoductos y configuración industrial. De ahí que la sustitución de Canadá por Venezuela no pueda analizarse únicamente en términos de volumen.

Incluso si aumentan los barriles venezolanos destinados a la Costa del Golfo, eso no reproduce la estabilidad logística, la proximidad ni la integración contractual de la relación canadiense. La energía canadiense posee un valor geopolítico adicional: procede de un vecino históricamente estable e integrado en la arquitectura económica y defensiva norteamericana.

Un arancel extremo contra ese suministro podría terminar actuando como un impuesto sobre las propias refinerías y los consumidores estadounidenses. La aparente contención de Donald Trump es, en consecuencia, una admisión indirecta de que la autonomía energética absoluta de Estados Unidos es más narrativa política que realidad operativa.

La diversificación canadiense es necesaria, pero lenta

La estrategia de Mark Carney de buscar mercados en Turquía, Europa y Asia tiene sentido como política de reducción de riesgos. Canadá y Turquía acordaron una asociación estratégica centrada en comercio, inversión, defensa, seguridad y energía, dentro de los esfuerzos canadienses por disminuir su dependencia estadounidense.

Pero una declaración diplomática no equivale automáticamente a capacidad exportadora. Para vender grandes cantidades de gas natural licuado se necesitan plantas de licuefacción, gasoductos, terminales, contratos de largo plazo, buques especializados y precios competitivos.

Canadá ha comenzado a ampliar su margen de maniobra, especialmente mediante la salida al Pacífico proporcionada por la expansión de Trans Mountain. Aun así, la estructura comercial continúa profundamente inclinada hacia Estados Unidos.

La diversificación canadiense debe entenderse como una política de años, incluso décadas, no como una respuesta inmediata capaz de reemplazar el mercado estadounidense.

El verdadero conflicto no es por la energía actual, sino por la energía futura

La cuestión de fondo supera el petróleo. La integración incluye gas natural, electricidad, energía hidroeléctrica, redes de transmisión, minerales críticos y futuras cadenas industriales vinculadas a baterías, vehículos eléctricos y centros de datos.

En 2025 existían 86 líneas eléctricas internacionales entre provincias canadienses y estados estadounidenses. Ese mismo año Canadá suministró el 81,3 % de la electricidad importada por Estados Unidos.

Por eso, quien controle las ampliaciones de transmisión, las terminales de exportación, los corredores de minerales críticos y los nuevos contratos eléctricos influirá en la competitividad norteamericana de las próximas décadas.

La disputa arancelaria visible puede dirigirse contra automóviles, acero o manufacturas; la negociación verdaderamente estratégica se desarrolla alrededor de la arquitectura energética continental.

Criterio final

Donald Trump y Mark Carney no han preservado la energía porque carezcan de voluntad política para confrontarse. La han preservado porque ambos comprenden que existen sectores en los que la soberanía formal está limitada por la infraestructura.

Los discursos pueden nacionalizarse de inmediato; los oleoductos, las refinerías y las redes eléctricas, no.

El episodio demuestra una verdad incómoda para el nacionalismo económico: la interdependencia puede utilizarse como arma, pero destruirla indiscriminadamente implica disparar contra la propia base productiva. Estados Unidos puede presionar a Canadá, y Canadá puede amenazar con utilizar sus recursos como palanca. Sin embargo, ninguno puede reemplazar rápidamente al otro sin asumir costes económicos, sociales y estratégicos extraordinarios.

La energía es, en definitiva, el área donde termina la teatralidad arancelaria y comienza la realidad física. Y esa realidad confirma que, por encima de los insultos y las amenazas, Estados Unidos y Canadá siguen formando un único ecosistema energético continental.

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