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Putin y la nostalgia como política exterior

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El presidente ruso, Vladimir Putin, durante una reunión con empresarios en la residencia Novo-Ogaryovo, cerca de Moscú, el 26 de marzo de 2020. © Alexey DRUZHININ / SPUTNIK / AFP

La cumbre de la Comunidad de Estados Independientes en Avaza no fue un simple acto protocolario: fue una puesta en escena deliberada de Moscú para recordar —y reclamar— un pasado compartido. Vladimir Putin no habló solo de instituciones; habló de memoria, de idioma y de relatos históricos. Eso no es casualidad: cuando los recursos materiales flaquean, la política exterior se refugia en lo simbólico. La CEI, moribunda en términos prácticos, reaparece como vitrina para vender una idea de comunidad que ya no se sostiene por lazos económicos o militares, sino por la persistencia de una narrativa.

La batalla por las palabras y los museos
La disputa en Asia Central no se libra únicamente en despachos o en gasoductos; se libra en las aulas, en los alfabetos y en los museos. La decisión de Kazajistán de rebajar el estatus del ruso, la latinización en Uzbekistán y la proliferación de museos que recuerdan la represión soviética son señales claras: las repúblicas centroasiáticas están reescribiendo su relación con el pasado. Para Moscú, eso equivale a perder influencia. Para las sociedades locales, es un acto de afirmación soberana. Pretender que un documento de la CEI sobre “preservar la memoria histórica” revierta ese proceso es subestimar la fuerza de las políticas nacionales y de las generaciones que miran hacia el mundo angloparlante y hacia otras fuentes de legitimidad.

¿Puede la nostalgia sostener una esfera de influencia?
La nostalgia puede ser poderosa, pero tiene límites. Rusia puede financiar programas de idioma, canales mediáticos y exposiciones que glorifiquen la Gran Guerra Patria; puede presionar para que la narrativa oficial tenga eco en foros regionales. Pero la influencia cultural auténtica se construye con incentivos tangibles: universidades atractivas, oportunidades económicas, movilidad social y cooperación tecnológica. China y Turquía ya ofrecen alternativas concretas en la región: inversión, infraestructuras, proyectos educativos y redes comerciales que no dependen de la evocación de un pasado imperial. En ese contexto, la CEI funciona más como un escenario simbólico que como un motor de atracción real.

Riesgos para Moscú y para la región
Para Rusia, la erosión del capital simbólico tiene un coste estratégico: reduce la predisposición de las élites locales a alinearse con Moscú en momentos de tensión y limita la capacidad de proyectar poder blando. Para Asia Central, la redefinición de identidades abre oportunidades de autonomía, pero también riesgos: la competencia entre grandes potencias puede traducirse en dependencia económica o en presiones geopolíticas que limiten la soberanía real. La pregunta clave es si los gobiernos centroasiáticos lograrán equilibrar la afirmación identitaria con la gestión pragmática de relaciones con vecinos poderosos.

Una propuesta realista para la política cultural
Si Moscú quiere mantener influencia, necesita más que proclamas: debe ofrecer proyectos que respondan a las aspiraciones contemporáneas de la región. Eso implica invertir en educación superior conjunta, en programas de intercambio que no sean meramente propagandísticos, en cooperación tecnológica y en oportunidades laborales que hagan del ruso una ventaja práctica, no solo un vestigio del pasado. Para los países de Asia Central, la tarea es diseñar políticas culturales que fortalezcan la lengua y la historia propias sin cerrar puertas a la cooperación internacional.

Cierre: memoria, poder y futuro
La cumbre de Avaza revela una verdad incómoda para Moscú: la memoria no es un recurso inagotable que pueda administrarse desde el centro. Las naciones de Asia Central están escribiendo su propia historia y, con ello, redefiniendo los mapas de lealtad cultural. Rusia puede intentar frenar esa corriente con documentos y discursos, pero la historia que se enseña en las escuelas, el idioma que se usa en las oficinas y las oportunidades que ofrece cada capital determinarán, en última instancia, quién influye en la región. La política exterior basada en la nostalgia puede ganar titulares; la que deja huella duradera exige inversión, respeto y adaptación a un mundo donde las identidades se reinventan.

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