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Dajabón, la diplomacia del vecindario y el arte de gobernar la frontera

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El canciller de la República Dominicana, Víctor “Ito” Bisonó, y la ministra de Asuntos Extranjeros y Cultos de Haití, Raina Forbin, encabezaron en Dajabón una reunión de trabajo bilateral para abordar temas clave de la agenda común, entre ellos seguridad fronteriza, migración, comercio, inversión y conectividad aérea. El encuentro reafirmó el compromiso de ambas naciones de mantener un diálogo constructivo y permanente, fundamentado en el respeto mutuo, la cooperación y la buena vecindad. 🤝🌎

El encuentro entre Víctor Bisonó y Raina Forbin no fue un gesto protocolar más: fue el reconocimiento de que la seguridad, el comercio y la migración solo se administran con una interlocución directa, sostenida y desprovista de la retórica del miedo.

Hay lugares donde la geografía se convierte en destino, y Dajabón es uno de ellos. Allí, en el filo mismo donde la República Dominicana termina y comienza Haití, donde el río Masacre arrastra tanto historia como sedimento, se celebró este 3 de septiembre de 2026 una reunión que merece leerse con la seriedad que rara vez concede el ruido político. El canciller Víctor “Ito” Bisonó y la ministra de Asuntos Extranjeros y Cultos de Haití, Raina Forbin, encabezaron en las instalaciones del Parque Industrial Codevi un diálogo bilateral que abordó, sin eufemismos, los asuntos que definen la convivencia entre dos naciones condenadas —o privilegiadas, según se mire— a compartir una isla. La escena tiene un simbolismo que no debe pasar inadvertido: dos delegaciones sentándose a conversar precisamente en el territorio fronterizo, en un enclave productivo que emplea a miles de haitianos y dominicanos, es en sí mismo un argumento contra quienes reducen la relación binacional a la lógica del muro y la trinchera.Lo que allí se discutió no es menor. Migración y cooperación jurídica, comercio bilateral, conectividad aérea, cooperación económica y coordinación fronteriza componen una agenda que trasciende la coyuntura y toca las fibras estructurales de dos economías profundamente entrelazadas. Conviene recordar que Haití ha sido durante años uno de los principales destinos de las exportaciones dominicanas, y que el intercambio comercial, formal e informal, sostiene la vida de comunidades enteras a ambos lados de la línea. Ignorar esa realidad, o pretender administrarla únicamente con reflejos securitarios, sería un error histórico. De ahí que la decisión de formalizar el comercio y la inversión, y de ampliar la conectividad aérea, apunte en la dirección correcta: convertir el desorden en institucionalidad, y la desconfianza en gobernanza compartida.El corazón del encuentro, sin embargo, latió en torno a la seguridad. Los cancilleres coincidieron en la necesidad de robustecer los mecanismos que permitan una mejor gobernanza de la seguridad fronteriza y de los asuntos migratorios, y —punto de especial relevancia— enfatizaron la importancia de que la Fuerza de Supresión de Bandas siga contando con el respaldo de la comunidad internacional, muy particularmente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La referencia a la resolución 2793, aprobada el 30 de septiembre de 2025, no es un tecnicismo diplomático: es el reconocimiento de que la estabilidad haitiana no es un asunto interno de Haití, sino una condición sine qua non para la seguridad dominicana. Quien observe con honestidad el mapa entenderá que ninguna nación puede blindarse indefinidamente frente al colapso institucional de su vecino. El despliegue completo de esa misión, y la eventual renovación de su mandato, constituyen por ello un interés estratégico dominicano tanto como una necesidad humanitaria haitiana.

Aquí reside la lección más profunda del encuentro de Dajabón. Durante demasiado tiempo, el debate binacional ha oscilado entre dos extremos igualmente estériles: el fatalismo de quienes creen que nada puede hacerse, y el nacionalismo defensivo de quienes creen que todo se resuelve cerrando puertas. La diplomacia que ejercieron Bisonó y Forbin ofrece una tercera vía, más incómoda porque exige paciencia y realismo, pero también más eficaz: dialogar desde el respeto a la soberanía de ambos Estados, sin renunciar a los intereses propios, pero sin caer en la ilusión de que la frontera puede administrarse en soledad. La República Dominicana no gana nada con un Haití ingobernable, y Haití no se reconstruirá de espaldas a su único vecino terrestre. Esa interdependencia, lejos de ser una debilidad, puede convertirse en la base de una relación madura.

Igualmente significativa fue la voluntad expresada de normalizar las operaciones consulares dominicanas en Haití tan pronto las condiciones de seguridad lo permitan, y el hecho de que, concluida la reunión oficial, ambas delegaciones dialogaran con empresarios sobre la creación de empleos y la dinamización económica. El detalle no es decorativo. Colocar al sector privado en el centro de la conversación binacional supone entender que la paz no se decreta desde las cancillerías, sino que se construye con inversión, trabajo y oportunidades concretas. Un joven con empleo en Codevi es una apuesta más sólida por la estabilidad que muchas declaraciones altisonantes. La diplomacia comercial, en este sentido, es también diplomacia de seguridad.

No conviene, con todo, sucumbir a un optimismo ingenuo. La historia binacional está sembrada de acuerdos que quedaron en el papel, de comisiones mixtas que se reunieron con pompa y se disolvieron en el olvido, de gestos que la política interna de uno u otro lado terminó erosionando. La verdadera prueba de Dajabón no será la fotografía cordial ni la declaración conjunta, por bien redactada que esté, sino la capacidad de traducir estos entendimientos en resultados verificables: fronteras mejor gobernadas, comercio más ordenado, cooperación jurídica efectiva contra las economías ilícitas y una migración administrada con humanidad y con Estado. La diplomacia se mide en hechos, no en comunicados.

Aun así, sería injusto minimizar lo ocurrido. En un continente donde la conversación entre vecinos suele romperse con facilidad, sentar a las dos cancillerías a hablar de lo esencial, en el territorio mismo donde se juegan estos asuntos, es un acto de responsabilidad política. La República Dominicana ha comprendido que su seguridad se defiende también con inteligencia diplomática, y no únicamente con despliegues militares; que la buena vecindad, invocada tantas veces como fórmula retórica, exige gestos concretos y sostenidos en el tiempo. El encuentro de este 3 de septiembre apunta, precisamente, en esa dirección madura y realista.

Al final, la imagen que queda es la de dos naciones que, sin ignorar sus diferencias ni sus heridas, eligen el camino más difícil y más digno: el del diálogo permanente como vía privilegiada para atender los asuntos comunes. Gobernar la frontera no es levantar barreras contra el vecino, sino administrar con inteligencia una interdependencia que ninguna de las dos partes puede eludir. Dajabón lo recordó una vez más. Ojalá la política, siempre tentada por el gesto fácil y la consigna electoral, tenga esta vez la sabiduría de no olvidarlo.

| #GuasábaraEditor

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