
- El cierre del oleoducto Este-Oeste saudí, con el estrecho de Ormuz bloqueado desde marzo y las reservas estratégicas en mínimos históricos, dibuja un mercado energético sin amortiguadores en el que la República Dominicana, importadora neta de crudo, debe leer con urgencia los riesgos y blindar su seguridad de suministro.
Por Luis Orlando Díaz Vólquez
Hay un momento en la vida de todo mercado en el que dejan de existir las redes de seguridad, y el precio deja de ser una señal económica para convertirse en un termómetro de angustia geopolítica. Ese momento ha llegado para el petróleo. Cuando la analista Tsvetana Paraskova advierte desde Oilprice.com que «los amortiguadores del mercado petrolero están desapareciendo rápidamente», no describe una hipótesis de laboratorio, sino la fotografía cruda de un sistema que agotó, uno tras otro, todos los mecanismos que durante décadas absorbieron los choques de oferta. El exceso de suministro con que arrancó el año se evaporó, el petróleo almacenado sobre buques se desplomó cuando el estrecho de Ormuz se cerró al tráfico de petroleros en marzo, y las liberaciones récord coordinadas por la Agencia Internacional de la Energía dejaron a la Reserva Estratégica de Petróleo de Estados Unidos en su nivel más bajo desde comienzos de los años ochenta. El colchón se acabó, y el mercado quedó expuesto, sin abrigo, a la intemperie de la guerra.
Sobre ese suelo ya frágil cayó el golpe que nadie deseaba. El vital oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudí —la arteria que durante medio año permitió al Reino esquivar Ormuz y exportar la mayor parte de su crudo por el puerto de Yanbu, en el mar Rojo— quedó fuera de servicio tras una serie de ataques con drones, con reparaciones que podrían tomar semanas y, según voces privadas del sector, incluso meses. No se trata de un accidente menor: hablamos de una infraestructura que canalizaba cerca de siete millones de barriles diarios y que ponía a resguardo unos cuatro millones de barriles de exportación saudí, aproximadamente el 4% del suministro mundial. Riad podría sostener sus despachos algunos días recurriendo a las existencias de Yanbu, pero una interrupción prolongada compromete los flujos del mar Rojo, ya bajo el asedio de los hutíes alineados con Irán, que atacan cargamentos y han golpeado petroleros. Con Ormuz estrangulado y Yanbu herido, el mayor exportador del planeta se encuentra, por primera vez en la crisis, sin puerta de salida amplia para su crudo.
Los números confirman la asfixia. La AIE reportó que los inventarios globales observados cayeron otros 95 millones de barriles en agosto, elevando el drenaje acumulado desde febrero a 507 millones de barriles —un promedio de 2,8 millones diarios—, mientras el petróleo sobre agua se contrajo en 65 millones de barriles por los ataques al tráfico de tanqueros. Helima Croft, de RBC Capital Markets, estima que cerca de nueve millones de barriles diarios de suministro de Oriente Medio están hoy prácticamente fuera de línea. Y a esa ecuación se suma un actor decisivo: China, que había recortado sus importaciones en cuatro o cinco millones de barriles diarios entre mayo y junio, ha vuelto a comprar, retirando así el único freno de demanda que había impedido que los precios treparan a máximos históricos en primavera. El resultado es un Brent que ronda los 107 dólares y un WTI que superó los 105, sus niveles más altos desde mayo, con riesgos que analistas de Goldman Sachs y Bank of America no descartan que empujen la referencia europea por encima de los 120 —incluso hacia los 150 en el peor de los escenarios— si el conflicto escala. El propio consejero delegado de Chevron, Mike Wirth, lo resumió sin eufemismos: los colchones «se han agotado» y «es más difícil imaginar un escenario en el que los precios se suavicen rápidamente».
Conviene entender la mecánica de fondo, porque en ella reside la advertencia. Cuando un mercado conserva amortiguadores —reservas estratégicas, inventarios comerciales, crudo flotante, capacidad ociosa de la OPEP—, cada choque de oferta se diluye y el precio apenas se estremece. Pero cuando esos colchones desaparecen, la única variable de ajuste que queda es la más dolorosa de todas: la destrucción de la demanda, es decir, precios tan altos que obligan a consumir menos porque simplemente no hay cómo pagar. Ese es precisamente el punto en que nos encontramos. En Estados Unidos, el diésel superó por primera vez los seis dólares por galón y la gasolina promedió más de 4,30, con un hogar típico gastando cerca de 1.760 dólares adicionales desde el inicio del conflicto, según Moody’s Analytics. El equilibrio ya no lo restaura la geopolítica ni la diplomacia, sino el bolsillo exhausto del consumidor. Y esa es una forma brutal, regresiva e injusta de reordenar un mercado, porque golpea con más fuerza a quienes menos tienen y a las economías más dependientes de la energía importada.
Aquí es donde el drama de Yanbu deja de ser una noticia lejana del mar Rojo para convertirse en un asunto de interés nacional dominicano. La República Dominicana es una economía importadora neta de hidrocarburos, con una matriz que aún depende de forma significativa de los combustibles fósiles para su generación eléctrica y su transporte. Cada dólar que sube el barril se traduce, tarde o temprano, en presión sobre el subsidio a los combustibles, sobre el costo de la generación, sobre la factura del transporte de alimentos y, en última instancia, sobre la inflación que sienten las familias en el mercado y las mipymes en sus operaciones. Un mercado sin amortiguadores externos exige, por pura lógica de supervivencia, que construyamos amortiguadores propios. La diversificación de la matriz energética hacia fuentes renovables, la inversión en almacenamiento con baterías de respaldo, la ampliación de la capacidad de gas natural, la eficiencia en el consumo y una política de reservas y coberturas financieras inteligentes dejan de ser aspiraciones de largo plazo para volverse imperativos de seguridad nacional inmediata.
La gestión del presidente Luis Abinader ha comprendido esa dirección estratégica, apostando por la transición energética, la incorporación de renovables y la modernización de la infraestructura como pilares de una economía menos vulnerable a los sobresaltos externos. La crisis del oleoducto Este-Oeste no hace sino validar ese rumbo y reclamar que se acelere. Un país que reduce su dependencia del barril importado no solo protege su balanza comercial: protege el poder adquisitivo de su gente, la competitividad de su aparato productivo y la estabilidad social que se erige sobre precios previsibles. En comercio exterior y aduanas, además, la volatilidad del crudo redefine costos de flete, primas de seguros de guerra y cadenas logísticas enteras, obligando a una vigilancia permanente sobre las rutas y los mercados de origen.

El mensaje que envía Yanbu es, en el fondo, una advertencia sobre la fragilidad de dar por descontada la abundancia. Durante años, el mundo operó bajo el supuesto de que siempre habría un barril de más en algún tanque, en algún buque, en alguna reserva estratégica dispuesta a salir al rescate. Ese supuesto acaba de romperse. En un planeta donde los amortiguadores se agotan y cada dron sobre una tubería puede mover el precio global, la resiliencia energética se convierte en la nueva forma de soberanía. La República Dominicana tiene la oportunidad —y la obligación— de leer esta señal a tiempo, de blindar su suministro y de construir, con visión de Estado, los colchones que el mercado internacional ya no le garantiza. Porque cuando el mundo se queda sin redes de seguridad, solo sobreviven con dignidad los que tuvieron la previsión de tejer las suyas.
#GuasábaraEditor
Hutíes atacan buque en el mar Rojo / Imagen: Maxar Technologies/AP Photo/picture alliance
Título: Cuando el mercado del petróleo se queda sin colchones: la lección estratégica de Yanbu para el Caribe















