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Venezuela entre las urnas y el petróleo: la transición sin calendario de Delcy Rodríguez

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Delcy Rodríguez asegura en la 81 Asamblea General de la ONU que habrá elecciones en Venezuela

La promesa de una “democracia plena” ante las Naciones Unidas intenta legitimar una transición administrada desde el poder, pero la ausencia de un calendario electoral, la continuidad de estructuras represivas y el alcance del acuerdo energético con Washington mantienen abiertas profundas interrogantes sobre la soberanía y el futuro institucional venezolano.

Por Luis Orlando Díaz Vólquez |

La comparecencia de Delcy Rodríguez ante la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas introdujo un cambio importante en la narrativa internacional de Venezuela. La presidenta encargada aseguró que el país celebrará elecciones y avanzará hacia una “democracia plena”, mediante un proceso que describió como ordenado, institucional y verificable. Sin embargo, no estableció una fecha, un cronograma ni condiciones jurídicas precisas para la celebración de esos comicios. Naciones Unidas confirmó que, según su planteamiento, el momento electoral será determinado por el pueblo venezolano y que las instituciones deberán prepararse para garantizar un proceso inclusivo y transparente.

La declaración constituye una apertura discursiva, pero todavía no una hoja de ruta democrática. La diferencia es sustancial. Una transición verificable requiere más que una promesa pronunciada desde la tribuna multilateral más importante del planeta: necesita autoridades electorales independientes, actualización del registro de votantes, observación internacional creíble, libertad de prensa, seguridad para los candidatos, habilitación de las fuerzas políticas y publicación anticipada de un calendario electoral.

Nada de eso fue concretado en el discurso.

Una transición dirigida por quienes controlan el Estado

Delcy Rodríguez defendió una transformación conducida desde las propias instituciones y sostuvo que las transiciones más sólidas no nacen de la ruptura. Su propuesta parece orientada a preservar la continuidad del Estado y evitar un colapso político, económico o administrativo. Esa tesis puede resultar comprensible en un país afectado por años de polarización, deterioro institucional y contracción económica, pero también puede convertirse en el argumento utilizado para prolongar indefinidamente una interinidad.

El verdadero dilema venezolano no consiste solamente en escoger entre ruptura o estabilidad. Consiste en determinar si la estabilidad será utilizada para construir una competencia democrática auténtica o para consolidar un nuevo equilibrio de poder bajo una apariencia electoral.

La promesa de elecciones llega, además, bajo una tensión constitucional no resuelta. El artículo 234 de la Constitución venezolana contempla que una ausencia temporal del presidente sea cubierta por la vicepresidencia durante 90 días, prorrogables por otros 90 mediante decisión de la Asamblea Nacional. Si la ausencia pasa a considerarse absoluta durante los primeros cuatro años del mandato, el artículo 233 dispone la celebración de elecciones dentro de los 30 días siguientes. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, sin embargo, no aparece expresamente entre las causales constitucionales tradicionales, lo cual abrió un vacío jurídico alrededor de la figura de “ausencia forzosa”.

Por eso, afirmar simplemente que la Constitución concede 180 días a la presidenta encargada puede resultar impreciso. Los 90 días prorrogables corresponden a la ausencia temporal, mientras que la convocatoria electoral dentro de 30 días depende de la declaración de una falta absoluta. Hasta ahora, la interpretación institucional de esa situación permanece controvertida.

El contraste de los derechos humanos

La credibilidad de la transición también está condicionada por la situación de los derechos humanos. En marzo de 2026, la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela informó al Consejo de Derechos Humanos que la maquinaria legal e institucional asociada con graves violaciones seguía operativa. La Misión señaló que había recibido información sobre al menos 87 nuevas detenciones por motivos políticos desde enero y sostuvo que funcionarios previamente identificados por su posible responsabilidad en crímenes de lesa humanidad continuaban ocupando posiciones dentro del aparato estatal y de seguridad.

Este antecedente impone una prueba decisiva al discurso de Nueva York. Una elección no puede considerarse plenamente democrática si los adversarios del Gobierno enfrentan restricciones, detenciones, inhabilitaciones o impedimentos para regresar al país. Tampoco basta con liberar detenidos de manera selectiva o iniciar conversaciones con determinados sectores opositores. La apertura tiene que alcanzar a todas las corrientes políticas y estar acompañada de garantías verificables.

En ese sentido, las palabras de Delcy Rodríguez deben evaluarse como un compromiso político sujeto a comprobación, no como evidencia de que la democratización ya se ha producido.

El petróleo como arquitectura de poder

El segundo gran componente del discurso fue el acercamiento con Estados Unidos. Delcy Rodríguez agradeció públicamente a Donald Trump por la reanudación del diálogo y presentó el entendimiento energético bilateral como una contribución a la seguridad del hemisferio y de la economía mundial. La propia información audiovisual de Naciones Unidas recoge que la gobernante describió el acuerdo como uno de los más amplios y significativos suscritos por Venezuela.

La Casa Blanca sostiene que el acuerdo abarca 17 campos petroleros con aproximadamente 65,000 millones de barriles de reservas probadas. Según la versión oficial estadounidense, una compañía privada recibió concesiones de largo plazo, mientras el Gobierno de Estados Unidos obtuvo participación económica, derechos de gobernanza y acceso preferente a una parte de la producción.

Conviene, no obstante, distinguir entre la dimensión física de las reservas y su disponibilidad inmediata. Contar con petróleo bajo tierra no equivale a disponer de producción comercial en el corto plazo. El desarrollo de los campos requiere seguridad jurídica, inversiones, rehabilitación de infraestructuras, tecnología, capacidad de transporte, tratamiento del crudo pesado y resolución de las restricciones regulatorias todavía existentes. Un análisis sectorial publicado antes del discurso advirtió, además, sobre discrepancias respecto de la duración de las concesiones y sobre la necesidad de conocer con mayor transparencia los instrumentos jurídicos y operativos del convenio.

Geopolíticamente, el acuerdo representa mucho más que una operación energética. Permite a Washington ampliar su influencia sobre una de las mayores bases de recursos petroleros del mundo, reducir el espacio históricamente ocupado por Rusia y China y reforzar una cadena hemisférica de abastecimiento próxima a las refinerías estadounidenses. La propia Casa Blanca lo presenta como una herramienta para desplazar la participación rusa y china y consolidar cadenas de suministro bajo predominio de Estados Unidos. Esa formulación corresponde a la posición oficial estadounidense y debe leerse como tal, no como una valoración independiente.

Para Caracas, el entendimiento ofrece acceso a capital, mercados, tecnología y flexibilización de restricciones. Pero también genera una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto la supervivencia del gobierno interino depende ahora del respaldo político y económico de Washington?

Democracia, energía y legitimidad

La proximidad entre Delcy Rodríguez y Donald Trump configura un intercambio potencialmente asimétrico. Washington obtiene influencia energética y estratégica, mientras la presidenta encargada recibe reconocimiento internacional, margen financiero y capacidad para administrar la transición. El riesgo es que el petróleo termine avanzando con mayor rapidez que la democracia.

La Casa Blanca afirma que la inversión y el crecimiento energético son condiciones para la estabilización, la reconstrucción y la transición democrática. Sin embargo, una comunicación oficial posterior también sostuvo que el convenio petrolero no incluyó un proceso político dentro de sus negociaciones. Ambas afirmaciones revelan que existe una vinculación estratégica general entre energía y transición, pero no necesariamente una condicionalidad electoral incorporada al contrato.

Esto significa que las elecciones podrían depender más de decisiones políticas posteriores que de obligaciones verificables ya asumidas. El petróleo puede proporcionar recursos para reconstruir el país, pero también puede financiar una estructura de poder poco inclinada a someterse a una competencia incierta.

Para República Dominicana y el Caribe, el desenlace importa directamente. Una Venezuela estabilizada e integrada nuevamente en los mercados podría influir en la seguridad energética regional, el comercio marítimo, las rutas logísticas y la cooperación económica. No obstante, una transición sin legitimidad electoral podría prolongar la polarización, generar nuevas corrientes migratorias y mantener la inseguridad jurídica que limita las inversiones.

La promesa queda bajo observación

El discurso de Nueva York fue hábil: ofreció democracia sin ruptura, reconciliación sin revancha y cooperación energética sin admitir pérdida de soberanía. Pero evitó el elemento más verificable de cualquier transición: la fecha.

El verdadero inicio de una democracia plena no será determinado por la elocuencia ante la Asamblea General, sino por decisiones concretas dentro de Venezuela. La publicación de un calendario electoral, la independencia de los organismos responsables, la participación de toda la oposición, la observación internacional y el desmantelamiento efectivo de las prácticas represivas serán las pruebas fundamentales.

Delcy Rodríguez ha colocado su palabra ante el mundo. Ahora corresponde comprobar si la transición venezolana conducirá hacia elecciones competitivas o si la promesa electoral funcionará como mecanismo para ganar tiempo mientras se reorganizan el poder político y el petróleo.

En Venezuela, las urnas continúan sin fecha. Los barriles, en cambio, ya tienen estrategia.

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