Inicio ECONÓMICAS Ormuz o el arte de estrangular sin disparar el último cartucho

Ormuz o el arte de estrangular sin disparar el último cartucho

121
Cuánto sufrimiento está dispuesto a soportar el régimen iraní para sostener sus objetivos y cuánto sufrimiento global está dispuesto Occidente a tolerar para doblegar a Teherán. En ese doble umbral de dolor, y no en el mapa de los tanqueros varados, se decidirá el desenlace.
  • El bloqueo naval estadounidense ha reducido las exportaciones petroleras de Irán casi a cero, pero la partida por el estrecho de Ormuz no la define quién resiste más, sino quién soporta mejor el precio de la escasez que ambos bandos están dispuestos a infligir al mundo.

Hay guerras que se libran con misiles y otras que se ganan con manifiestos de carga. La que enfrenta a Estados Unidos e Irán desde hace siete meses pertenece, cada vez más, a la segunda categoría. El dato que esta semana recorrió las salas de mercado no fue una batalla ni un desembarco, sino una cifra fría y demoledora: las exportaciones iraníes de crudo se desplomaron cerca de un 80% interanual en agosto, y las principales firmas de rastreo marítimo —Kpler, Vortexa, TankerTrackers— coinciden en que, en la práctica, ni un solo barril logró cruzar el cerco del Golfo Pérsico. Teherán cargó apenas unos 255.000 barriles diarios en sus puertos, pero esos cargamentos quedaron atrapados dentro de la propia trampa, sin comprador que los alcance. La imagen es elocuente: petróleo que existe, que se bombea y se estiba, pero que no llega a ser dinero. En economía política, no hay derrota más silenciosa ni más humillante.

Conviene entender la mecánica de este asfixiamiento, porque en ella se juega mucho más que el destino de un régimen. Washington ha convertido el bloqueo restablecido a mediados de julio en lo que su propio secretario del Tesoro, Scott Bessent, llamó sin eufemismos “la mayor operación de aislamiento económico de la historia”. La estrategia opera en dos planos que se refuerzan mutuamente: el físico, que impide la salida de los buques por Ormuz, y el financiero, que persigue los bancos y canales de pago capaces de monetizar incluso el crudo ya entregado. Es el doble golpe que estrangula a la vez el músculo y las venas. La reserva flotante que Irán había logrado colocar fuera del cerco durante la breve tregua de junio se reduce a marchas forzadas —de unos 90 millones de barriles a apenas 29—, y las proyecciones más citadas advierten que ese colchón podría agotarse hacia mediados de octubre. Después, el vacío.

Pero sería un error de lectura grave, y de esos abundan en los análisis apresurados, confundir el colapso exportador con la rendición política. Irán ha hecho de la resistencia una doctrina de Estado, no una táctica coyuntural. Con una inflación oficial que rebasa el 80% interanual, un rial que ha perdido cerca del 15% de su valor frente al dólar en pocas semanas y una contracción económica que el Fondo Monetario Internacional proyecta en 5,4% —la peor desde los años ochenta—, el régimen se mantiene desafiante y multiplica sus vías de fuga: tránsitos clandestinos, buques de enlace, transferencias de barco a barco lejos del estrecho, comercio desviado hacia Turquía, Irak, Omán y Pakistán tras el cierre de la ventana emiratí. Y, sobre todo, ha optado por trasladar el costo al tablero regional, alimentando con armas e inteligencia a los hutíes que ya golpean instalaciones de Aramco en Abha, Najrán y Jizán, y amenazando con declarar una nueva “zona prohibida” cerca de Bab el-Mandeb. La lógica de Teherán es tan brutal como transparente: si el bloqueo le impide vender su petróleo, hará que nadie pueda vender el suyo con tranquilidad.

Ahí reside la asimetría más peligrosa de todo el episodio. El bloqueo hiere a Irán con precisión quirúrgica, pero la escalada hiere al mundo con brocha gruesa. El Brent ronda de nuevo la marca psicológica de los 100 dólares, el WTI supera los 93, Goldman Sachs advierte que una prolongación del conflicto podría empujar el crudo por encima de los 120, y el gas europeo en el mercado TTF se ha revalorizado más de 140% desde el inicio de la guerra. En Estados Unidos, el diésel toca máximos históricos y la gasolina promedió más de cuatro dólares por galón en el fin de semana del Día del Trabajo, el más caro jamás registrado en términos nominales. La administración norteamericana pide paciencia y promete que, tras la “victoria”, los precios se desplomarán. Es una apuesta arriesgada a dos meses de las elecciones de medio término, porque el votante que llena el tanque no razona en términos de disuasión nuclear, sino de presupuesto familiar. La guerra económica tiene, también en casa, su factura electoral.

Para una economía como la dominicana, importadora neta de hidrocarburos y sensible hasta el último centavo al vaivén del barril, este pulso lejano no es geopolítica de salón: es macroeconomía doméstica. Cada dólar que sube el crudo por la tensión de Ormuz presiona la factura petrolera nacional, tensa el subsidio a los combustibles, complica la meta inflacionaria del Banco Central y estrecha el margen fiscal del Gobierno. La República Dominicana no tiene asiento en el Golfo Pérsico, pero paga puntualmente el precio de sus convulsiones. De ahí que la diversificación energética, la aceleración de las renovables y la prudencia en la planificación fiscal dejen de ser aspiraciones de discurso para convertirse en blindajes de supervivencia. Quien no controla la oferta de crudo, al menos debe controlar su exposición a ella.

La pregunta que formula el economista Hamad Hussain, de Capital Economics, resume el nudo del drama: cuánto sufrimiento está dispuesto a soportar el régimen iraní para sostener sus objetivos. Pero hay una pregunta gemela, menos formulada y quizá más incómoda, que interpela a Washington y al resto del mundo: cuánto sufrimiento global está dispuesto Occidente a tolerar para doblegar a Teherán. En ese doble umbral de dolor, y no en el mapa de los tanqueros varados, se decidirá el desenlace. Porque en las guerras del petróleo rara vez gana quien tiene la razón; gana quien aguanta el precio de la escasez sin que se le quiebre la mano ni el pulso político. Y esa, por ahora, sigue siendo una incógnita abierta sobre las aguas más disputadas del planeta.

#GuasábaraEditor‌

Titular: Ormuz o el arte de estrangular sin disparar el último cartucho

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí