
La nueva generación de incendios forestales no es un accidente aislado ni una tragedia estacional: es una señal brutal de la crisis climática, del desorden territorial y de la falsa seguridad con que muchas sociedades han construido ciudades, carreteras, urbanizaciones y economías al borde de paisajes cada vez más inflamables.
El fuego siempre ha formado parte de la dinámica natural de muchos ecosistemas, pero lo que hoy enfrenta el mundo es otra cosa: incendios más intensos, más rápidos, más extensos y más difíciles de controlar. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advirtió en su informe Spreading like Wildfire que el cambio climático y las transformaciones en el uso del suelo están agravando los incendios extremos y que estos podrían aumentar hasta 14 % para 2030, 30 % hacia 2050 y 50 % para finales de siglo si no se corrige el rumbo global. [unep.org], [unep.org]
La frase “el drama está lejos de terminar” no es retórica alarmista: es diagnóstico científico. La Organización Meteorológica Mundial confirmó que el período 2015-2025 fue el más cálido registrado y que 2025 se ubicó como el segundo o tercer año más caliente, alrededor de 1.43 °C por encima del promedio preindustrial. En ese planeta más caliente, las sequías son más severas, la vegetación se seca con mayor rapidez, las olas de calor duran más, la humedad baja y los vientos convierten cualquier chispa en una amenaza de escala regional. [wmo.int], [wmo.int] [news.un.org], [ipcc.ch]
Lo más grave es que estos incendios ya no se quedan en los bosques remotos. La frontera entre lo urbano y lo silvestre, conocida como interfaz urbano-forestal, se ha convertido en una zona crítica de riesgo. Investigaciones recientes muestran que las áreas donde viviendas, carreteras, industrias y vegetación combustible se mezclan están aumentando en distintas regiones del mundo, elevando la exposición de personas, infraestructura y servicios esenciales. Entre 2005 y 2020, la proporción de incendios globales ocurridos en zonas de interfaz urbano-forestal aumentó alrededor de 23 %, mientras que el área quemada en esas zonas creció cerca de 35 % como parte del total de áreas incendiadas. [nature.com], [nature.com] [news.ucar.edu], [academic.oup.com]
El fuego, por tanto, dejó de ser solo un problema ambiental. Es ahora una amenaza urbana, sanitaria, económica, fiscal y de seguridad nacional. Cuando arde un bosque cercano a una ciudad, no solo se pierden árboles: se paralizan aeropuertos, se cortan carreteras, se suspenden clases, se saturan hospitales, se evacúan comunidades, se destruyen redes eléctricas y se disparan los costos de reconstrucción. El humo de los incendios afecta la salud respiratoria y cardiovascular, y Naciones Unidas advierte que los impactos golpean con mayor fuerza a los países más pobres y a las comunidades con menor capacidad de respuesta. [news.un.org], [unep.org]
La evidencia reciente es contundente. En Canadá, los incendios de 2023 marcaron un punto de inflexión: Copernicus reportó que las emisiones de carbono de los incendios canadienses ya habían duplicado el récord anual anterior a inicios de agosto de ese año, alcanzando alrededor de 290 megatoneladas de carbono frente al récord previo de 138 megatoneladas de 2014. Además, el humo cruzó el Atlántico y llegó a Europa, demostrando que la contaminación provocada por incendios extremos no reconoce fronteras nacionales ni distancias oceánicas. [atmosphere…ernicus.eu], [atmosphere…ernicus.eu] [atmosphere…ernicus.eu], [eu-space.europa.eu]
Europa también está viendo cómo el mapa del riesgo se desplaza. En julio de 2026, un incendio en el bosque de Fontainebleau, cerca de París, quemó cerca de 2,200 hectáreas en apenas dos días y obligó al primer despliegue de aviones Canadair en la región parisina, un hecho simbólico porque muestra que el peligro ya no se limita al Mediterráneo tradicionalmente inflamable. Francia registró más de 13,500 focos de incendios en lo que va de 2026 y alrededor de 116,000 hectáreas quemadas, superando ya su récord previo de 2022, mientras expertos del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo advierten que los episodios de riesgo elevado se están extendiendo hacia el norte europeo. [aa.com.tr] [aa.com.tr], [wmo.int]
América Latina tampoco está al margen. En los primeros meses de 2026, investigadores citados por Mongabay y World Weather Attribution señalaron que se habían quemado más de 150 millones de hectáreas a nivel mundial, un 50 % por encima del promedio reciente y el doble de lo observado en 2024 para igual período. También advirtieron que el fenómeno de El Niño podría aumentar el riesgo de calor extremo, sequía severa e incendios en regiones como Australia, el noroeste de Estados Unidos y Canadá, y la Amazonía. [es.mongabay.com], [biodiversidadla.org] [es.mongabay.com], [servindi.org]
El problema no es solo climático. Es también de ordenamiento territorial. Se ha construido demasiado cerca del fuego, se han urbanizado zonas vulnerables, se han abandonado prácticas tradicionales de manejo del paisaje, se han acumulado combustibles vegetales por décadas de mala gestión forestal y se ha confiado excesivamente en la respuesta de emergencia. El informe de Naciones Unidas es claro: los gobiernos gastan demasiado en apagar incendios y muy poco en prevenirlos; de hecho, recomienda una “fórmula de preparación ante el fuego” que destine dos tercios de los recursos a planificación, prevención, preparación y recuperación, y solo un tercio a respuesta. [unep.org], [nora.nerc.ac.uk]
Esa es la gran falla política: actuar cuando las llamas ya están frente a las casas. Ningún cuerpo de bomberos, por heroico que sea, puede enfrentar solo incendios alimentados por sequía prolongada, temperaturas extremas, vientos impredecibles y décadas de planificación urbana irresponsable. La prevención debe comenzar antes: mapas de riesgo vinculantes, límites a la expansión en zonas inflamables, corredores cortafuego, manejo de combustibles, restauración ecológica, agricultura climáticamente inteligente, monitoreo satelital, sistemas de alerta temprana y educación ciudadana. [unep.org], [academic.oup.com]
También hace falta una nueva cultura del fuego. Pretender eliminar todos los incendios es tan ingenuo como dejar que todos ardan sin control. En muchos ecosistemas, el fuego controlado y de baja intensidad ha cumplido funciones ecológicas durante siglos; el desastre contemporáneo aparece cuando se acumula biomasa, se altera el paisaje, se calienta el clima y se instalan comunidades sin preparación en zonas de alto riesgo. La literatura científica sobre gestión de incendios en la era del cambio climático insiste en integrar manejo forestal, planificación urbana, evacuación, alertas, ciencia climática y gobernanza territorial. [academic.oup.com], [mdpi.com]
El humo, además, debe ser tratado como una emergencia de salud pública. Las partículas finas, los gases tóxicos y los contaminantes provenientes de incendios pueden viajar cientos o miles de kilómetros, afectar a poblaciones que nunca vieron las llamas y agravar enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Naciones Unidas ha subrayado que el humo de los incendios tiene impactos directos sobre la salud humana, mientras estudios recientes sobre los incendios canadienses muestran que los grandes eventos pueden inyectar contaminación incluso en capas altas de la atmósfera. [news.un.org], [acp.copernicus.org]
La respuesta correcta no puede ser esperar la próxima catástrofe para declarar emergencia. El costo de prevenir siempre será menor que el costo de reconstruir ciudades quemadas, hospitales saturados, economías paralizadas y ecosistemas colapsados. La ciencia ya habló. La tecnología existe. Los satélites monitorean focos de calor, los modelos climáticos anticipan temporadas críticas y la experiencia comunitaria aporta conocimientos valiosos para manejar el territorio. Lo que falta es decisión política y valentía institucional. [unep.org], [news.ucar.edu]
La nueva generación de incendios exige una nueva generación de políticas públicas. Ya no basta con comprar helicópteros, camiones cisterna o equipos de emergencia, aunque sean necesarios. Hace falta revisar códigos de construcción, prohibir asentamientos irresponsables, proteger cuencas, restaurar bosques degradados, fortalecer municipios, profesionalizar brigadas, asegurar presupuestos permanentes y tratar la adaptación climática como infraestructura esencial. [unep.org], [mdpi.com]
El fuego que se acerca a las ciudades es una advertencia mayor: la crisis climática ya no está en informes lejanos, sino en el aire que respiramos, en la sequedad de los suelos, en la temperatura de los veranos y en la fragilidad de las periferias urbanas. Quien crea que los incendios son un problema de bomberos no ha entendido el siglo XXI. Son un problema de Estado, de modelo de desarrollo, de justicia territorial y de supervivencia climática.
La humanidad tiene dos opciones: gobernar el riesgo o seguir improvisando entre cenizas. La primera exige ciencia, planificación y responsabilidad. La segunda garantiza más tragedias. Y si algo nos está diciendo esta nueva era del fuego es que el tiempo para actuar no se mide en décadas, sino en temporadas. Cada verano perdido puede ser una ciudad más bajo humo, una comunidad evacuada, una economía golpeada y una vida que pudo salvarse./
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Enfoque aplicado a la República Dominicana, con perspectivas y recomendaciones estratégicas frente a la nueva generación de incendios forestales y periurbanos.
República Dominicana ante la nueva era del fuego: perspectivas y recomendaciones
La República Dominicana no puede mirar la nueva generación de incendios como un fenómeno lejano. Aunque el país no tiene la escala de incendios de Canadá, Australia, Grecia o California, sí reúne condiciones estructurales de alto riesgo: sequías recurrentes, presión sobre áreas protegidas, expansión urbana desordenada, agricultura de ladera, quema de residuos y rastrojos, degradación de cuencas, vulnerabilidad climática y una geografía insular expuesta a extremos cada vez más severos. El Banco Mundial ha advertido que la República Dominicana, por su ubicación y condición insular, es extremadamente vulnerable a sequías, inundaciones, tormentas, huracanes, deslizamientos e incendios forestales, y figura entre los países de mayor riesgo climático del mundo según el Índice Mundial de Riesgo 2023.
Perspectivas para la República Dominicana
La primera perspectiva es climática. El aumento de temperaturas, los períodos de sequía y la variabilidad de las lluvias elevan la probabilidad de incendios forestales más frecuentes o más difíciles de controlar, especialmente en zonas de montaña, cuencas productoras de agua, áreas protegidas y territorios con vegetación seca. El sistema de información de riesgos del MEPyD incluye los incendios forestales entre las amenazas asociadas a la variabilidad y el cambio climático en los municipios dominicanos, junto con ciclones, lluvias torrenciales, sequía, inundaciones, olas de calor y aumento del nivel del mar.
La segunda perspectiva es territorial. En República Dominicana, el riesgo no depende solo del clima, sino del uso del suelo. La expansión de asentamientos humanos hacia laderas, bordes de áreas protegidas y zonas rurales con débil ordenamiento aumenta la exposición de comunidades, infraestructuras, fincas, carreteras y sistemas eléctricos. A escala global, los estudios sobre la interfaz urbano-forestal muestran que los incendios que ocurren en zonas donde se mezclan urbanización y vegetación son cada vez más relevantes, con aumento tanto en frecuencia como en área quemada; esa tendencia debe ser leída por el país como advertencia preventiva, no como estadística ajena.
La tercera perspectiva es hídrica. Los incendios en las cuencas altas destruyen cobertura vegetal, erosionan suelos, reducen infiltración de agua, afectan nacimientos de ríos y comprometen embalses. Esto es especialmente sensible para un país donde la seguridad hídrica sostiene agricultura, generación hidroeléctrica, consumo humano, turismo y estabilidad social. El Ministerio de Medio Ambiente ha informado avances en reforestación y manejo de cuencas como Haina, Ozama, Yuna y Nizao, lo que confirma que la gestión forestal debe entenderse también como política de agua y seguridad territorial.
La cuarta perspectiva es institucional. El país ha mostrado avances importantes: el Ministerio de Medio Ambiente reportó en su balance 2025-2026 una reducción de 67 % en las áreas afectadas por incendios forestales, además de reforestación récord, torres de detección, campamentos regionales y fortalecimiento del Cuerpo de Bomberos Forestales. También se reportó que en el primer cuatrimestre de 2024 los incendios forestales se redujeron 58 % respecto al mismo período de 2023, al pasar de 729 incendios combatidos entre enero y abril de 2023 a 308 en igual período de 2024.
Pero esos avances no deben generar complacencia. La reducción de incendios en un período determinado puede depender de lluvias, respuesta operativa o prevención circunstancial. La amenaza estructural permanece. La Oficina Nacional de Estadística mantiene series sobre superficie afectada por incendios forestales desde 1972 hasta 2024, lo cual indica que el país cuenta con una base histórica que debe usarse para análisis predictivo, zonificación de riesgo y presupuestos preventivos.
Recomendaciones estratégicas
1. Convertir la prevención de incendios en política de seguridad nacional climática.
Los incendios forestales no deben tratarse solo como emergencias ambientales. Deben integrarse al sistema nacional de gestión de riesgos, seguridad hídrica, protección civil, agricultura, ordenamiento territorial y salud pública. El Plan de Inversión para la Acción Climática de República Dominicana, desarrollado con apoyo del BID, prioriza 62 proyectos con una inversión estimada de más de USD 6,811 millones para adaptación y resiliencia climática, lo que abre una oportunidad para incluir prevención de incendios como inversión estructural.
2. Usar Sigeo RD y datos satelitales para crear un mapa nacional dinámico de riesgo de incendios.
El Ministerio de Medio Ambiente informó el lanzamiento de Sigeo RD, plataforma georreferenciada con 19 capas de información ambiental estratégica, incluyendo áreas protegidas, biodiversidad, recursos hídricos y riesgos. Esa herramienta debe evolucionar hacia un sistema predictivo de incendios que cruce sequía, temperatura, viento, cobertura vegetal, historial de fuego, pendientes, cercanía a comunidades e infraestructura crítica.
3. Fortalecer el ordenamiento territorial en zonas de interfaz urbano-forestal.
La República Dominicana debe identificar municipios donde viviendas, agricultura, turismo, carreteras y bosques conviven sin planificación suficiente. En esas zonas deben aplicarse normas de construcción, franjas cortafuego, restricciones de ocupación, rutas de evacuación, puntos de agua, señalización y protocolos comunitarios. El MEPyD ha destacado que el Plan Nacional de Ordenamiento Territorial incorpora resiliencia y gestión de desastres para regular usos del suelo y asentamientos humanos, una línea que debe conectarse directamente con incendios forestales y periurbanos.
4. Prohibir y fiscalizar con mayor rigor las quemas agrícolas irresponsables.
Gran parte del riesgo en países tropicales proviene de prácticas humanas: quema de rastrojos, limpieza de terrenos, carbón ilegal, vandalismo, fogatas, vertederos improvisados y descuidos. El país necesita una campaña nacional permanente, no solo estacional, combinada con sanciones efectivas, asistencia técnica a productores y alternativas de manejo agrícola sin fuego.
5. Crear brigadas comunitarias de prevención en cuencas y zonas protegidas.
No todo puede depender del Cuerpo de Bomberos Forestales. Se necesitan redes locales entrenadas en prevención, alerta temprana, comunicación de riesgo, apertura de brechas cortafuego y evacuación. El Ministerio de Medio Ambiente ya reportó fortalecimiento del cuerpo de guardaparques, rehabilitación de centros de vigilancia y dotación de equipos, pero el siguiente paso debe ser comunitario y municipal.
6. Proteger como prioridad las cuencas productoras de agua.
Las zonas altas de la Cordillera Central, Sierra de Bahoruco, Los Haitises, Valle Nuevo, Nalga de Maco, Sierra de Neiba y otras áreas estratégicas deben ser tratadas como infraestructura natural crítica. Quemar una cuenca no es solo perder bosque: es afectar agua potable, riego, presas, biodiversidad, agricultura y turismo ecológico.
7. Integrar salud pública al protocolo de incendios.
El humo de incendios puede agravar enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Naciones Unidas ha advertido que el humo de incendios afecta directamente la salud y que los impactos son más severos en comunidades vulnerables. La República Dominicana debe incorporar alertas por calidad del aire, protección para adultos mayores, niños, embarazadas y personas asmáticas, así como protocolos hospitalarios durante episodios severos.
8. Invertir más en prevención que en apagado.
El PNUMA recomienda cambiar la lógica del gasto: dos tercios de los recursos deben dirigirse a planificación, prevención, preparación y recuperación, y solo un tercio a respuesta. Para República Dominicana, esto significa financiar vigilancia, educación, tecnología, restauración de suelos, control de combustibles vegetales y gestión municipal antes de que llegue la temporada crítica.
En conclusión, la República Dominicana tiene una ventaja: aún puede anticiparse. No debe esperar incendios de escala catastrófica cerca de ciudades, polos turísticos o grandes cuencas para actuar con sentido de urgencia. El país ya cuenta con avances institucionales, reforestación, datos oficiales, plataformas digitales y experiencia operativa. Ahora debe dar el salto hacia una política nacional de prevención climática del fuego.
La consigna debe ser clara: menos reacción, más prevención; menos improvisación, más ordenamiento; menos fuego en el territorio, más inteligencia ambiental al servicio de la seguridad nacional.















