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Irán y el costo oculto de la supremacía militar estadounidense

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Una evaluación del Pentágono revela que la guerra entre Estados Unidos e Irán ha provocado daños significativos a instalaciones militares y diplomáticas estadounidenses en Oriente Medio, además de presionar las reservas estratégicas de misiles y la capacidad logística de Washington, reabriendo el debate sobre la sostenibilidad de los conflictos prolongados en el siglo XXI. Militares ucranianos junto a un lanzador del sistema de defensa aérea Patriot, mientras Rusia continúa sus ataques contra Ucrania, en un lugar no revelado del país, en una imagen de archivo del 4 de agosto de 2024. © Valentyn Ogirenko, Reuters
  • La primera evaluación del Pentágono revela que Washington conserva una enorme capacidad ofensiva, pero también confirma que una guerra prolongada puede erosionar sus reservas estratégicas, desorganizar su red regional y comprometer su preparación frente a desafíos mayores.

La guerra con Irán está desmontando una de las percepciones más arraigadas de la geopolítica contemporánea: que la superioridad tecnológica de Estados Unidos garantiza campañas rápidas, controladas y sostenibles. El primer balance formal del inspector general del Departamento de Defensa, correspondiente al período comprendido entre el 28 de febrero y el 30 de junio de 2026, demuestra lo contrario. La Operación Epic Fury habría costado US$33,400 millones, incluidos US$22,300 millones en municiones consumidas, US$7,400 millones en operaciones y US$3,700 millones en pérdidas de equipos, sin contabilizar todavía la reparación de instalaciones militares.

La cifra más inquietante no es financiera, sino estratégica. El informe reconoce que el ritmo de empleo de municiones generó déficits en inventarios esenciales y expuso cuellos de botella en la base industrial de defensa. La producción de motores de combustible sólido, explosivos de alta potencia y propelentes, además de la escasez de trabajadores especializados, limita la posibilidad de reponer rápidamente los arsenales. El problema, por tanto, no consiste únicamente en disponer de dinero, sino en recuperar capacidades fabriles que requieren infraestructura, materias primas, personal y largos ciclos de contratación. Una potencia puede comprar armas; lo que no puede comprar instantáneamente es tiempo industrial.

La intensidad operacional explica esa presión. El Comando Central de Estados Unidos comunicó unas 36,000 salidas de combate, más de 1,800 misiones de fuego y alrededor de 13,500 objetivos atacados. Pero la ofensiva también tuvo costos materiales: cuatro F-15 destruidos, un F-35 dañado, siete aviones cisterna KC-135 afectados y hasta 30 drones MQ-9 Reaper destruidos, según los balances divulgados. Esta combinación revela una paradoja: Washington puede lanzar una campaña aérea de extraordinaria magnitud, pero cada jornada de combate reduce activos costosos cuya fabricación y sustitución son considerablemente más lentas que su consumo.

La respuesta iraní, además, alcanzó el entramado territorial que durante décadas sostuvo la presencia estadounidense en Oriente Medio. Cientos de edificaciones y estructuras fueron dañadas o destruidas en bases situadas en Kuwait, Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Iraq, Omán y Jordania. La afectación del centro naval de Baréin obligó a utilizar Diego García como nodo logístico, extendiendo los ciclos de reabastecimiento marítimo hasta 14 o 18 días. También fueron retirados helicópteros de evacuación médica de Iraq y Kuwait, trasladando parte de esas operaciones a rutas terrestres y centros locales. Ya no se trata solo de defender bases, sino de revisar si esas bases siguen siendo funcionales bajo ataques persistentes.

El frente diplomático tampoco quedó intacto. Los daños a instalaciones estadounidenses alcanzaron aproximadamente US$184 millones, de los cuales unos US$157 millones correspondieron a Iraq. Hasta 3,500 integrantes del personal diplomático permanecieron fuera de la región, mientras varias misiones operaban con restricciones. La dispersión de soldados, diplomáticos, depósitos y sistemas de apoyo podría convertirse en una reconfiguración permanente de la presencia estadounidense. Menos concentración reduciría la vulnerabilidad, pero también elevaría los costos logísticos y debilitaría la capacidad de respuesta inmediata.

La lección trasciende a Irán. El verdadero dilema de Washington es si puede sostener simultáneamente esta guerra, abastecer a sus aliados y preservar reservas suficientes para una eventual crisis con otra potencia. Cada interceptor o misil utilizado en Oriente Medio puede representar una capacidad no disponible en Europa o el Indo-Pacífico. El informe no describe una derrota estadounidense, pero sí una advertencia contundente: la superioridad militar deja de ser absoluta cuando la velocidad del consumo supera la capacidad de producción. En las guerras del siglo XXI, vencer dependerá tanto de los misiles disparados como de las fábricas capaces de reemplazarlos.

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Título: Irán y el costo oculto de la supremacía militar estadounidense

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