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Cuando el espectáculo desplaza al mérito: los Emmy y la tentación de la farándula

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Actriz Jean Smart hace historia en los Emmy con su quinta victoria por “Hacks”

La 78.ª entrega de los Premios Emmy, conducida por Mariska Hargitay, sacó cinco categorías del telecast para abrir paso a números musicales, sketches y cameos estelares. Detrás de la aparente frescura late una pregunta incómoda: ¿puede una premiación seguir honrando la excelencia artística cuando decide que el rating vale más que el reconocimiento a quienes escriben, dirigen y actúan?

Por Luis Orlando Díaz Vólquez

Hay decisiones que parecen menores y, sin embargo, revelan el alma de una institución. La Academia de Televisión resolvió este año reducir de veintiséis a diecinueve las categorías entregadas en vivo durante la transmisión del 14 de septiembre, trasladando a las ceremonias previas del 5 y 6 de septiembre premios tan sustantivos como Guion para Serie de Variedades, Actor y Actriz de Reparto en Serie o Película Limitada, y Dirección y Guion para Serie o Película Limitada. El argumento oficial fue el tiempo: en una transmisión de tres horas, según la Academia, la «extraordinaria amplitud del trabajo reconocido» ya no cabe sin sacrificar algo. Pero el presidente de la Academia, Cris Abrego, fue más franco al reconocer que el propósito real era liberar espacio para actuaciones musicales, segmentos cómicos y discursos inesperados, en un intento explícito por mejorar la audiencia de un formato en declive. Y allí, en esa sinceridad, se desnuda la contradicción de fondo, porque una gala concebida para consagrar lo mejor de la televisión terminó decidiendo que el arte de quienes la hacen posible es prescindible ante la urgencia del entretenimiento.

La reacción del gremio no se hizo esperar y fue contundente. El Sindicato de Directores, el Sindicato de Guionistas y SAG-AFTRA emitieron un comunicado conjunto en el que sostuvieron que eliminar esas categorías del horario estelar «devalúa las contribuciones» de los profesionales que la Academia dice honrar, y recordaron que una premiación dedicada a reconocer la excelencia no debería reducir el reconocimiento a los artistas cuyo trabajo le da sentido. La objeción no es corporativa ni caprichosa: apunta a una verdad estructural del oficio. La televisión no la hacen solo los rostros que la cámara ama, sino los guionistas que imaginan mundos, los directores que los ordenan y los actores de reparto que sostienen, desde el margen, la verosimilitud de cada escena. Cuando esos nombres se pronuncian ante una sala semivacía, días antes del gran espectáculo, se envía un mensaje inequívoco sobre quién importa y quién sobra.

La ironía es que el reemplazo tampoco convenció. La conducción de Mariska Hargitay —la primera mujer en animar los Emmy en quince años y una intérprete de enorme talento— fue recibida con reseñas tibias, cuando no severas. El número de apertura, una paráfrasis de «I Love Rock ‘n’ Roll» rebautizada «I Love TV Screens», fue calificado por la crítica como plano de principio a fin y saturado de cameos que no aportaban nada, mientras la propia transmisión de NBC y Peacock fue descrita como apresurada, aleatoria y dependiente en exceso de figuras convocadas para distraer del hecho de que se trataba, al final, de una premiación de series de televisión. Se sacrificó el reconocimiento a los creadores para ganar tiempo de espectáculo, y el espectáculo resultó mediocre. No hay peor negocio que ese: perder lo esencial sin siquiera asegurar lo accesorio.

Conviene, sin embargo, no caer en el pesimismo fácil, porque la noche también dejó constancia de lo que estas galas todavía pueden ofrecer cuando confían en el mérito y no en el artificio. Jean Smart hizo historia al convertirse en la primera actriz en ganar por cada temporada de su serie, «Hacks», y «Widow’s Bay» estableció un récord de catorce estatuillas para una comedia en una sola temporada. El discurso de Michael J. Fox, al recibir el Premio Humanitario Bob Hope por su defensa de quienes viven con Parkinson, arrancó dos ovaciones de pie y conmovió a la sala hasta las lágrimas. Esos momentos no necesitaron coreografías ni invitados sorpresa: bastó la verdad de una trayectoria y la dignidad de una causa. Fueron, precisamente, los instantes en que la ceremonia recordó para qué existe.

La lección trasciende a Hollywood y ofrece un espejo para toda institución que administra prestigio. El reconocimiento es un capital simbólico que se construye lentamente y se dilapida en un instante, y ninguna audiencia se conquista de manera sostenible traicionando aquello que la hizo respetable. La Academia quiso modernizarse restando y descubrió que la modernidad no consiste en achicar el mérito para agrandar la farándula, sino en encontrar formas más inteligentes de celebrarlo. Una premiación que olvida a sus artistas para retener espectadores termina, tarde o temprano, sin lo uno ni lo otro. Y en esa advertencia, aplicable a los Emmy como a cualquier institución que confunda el brillo con la sustancia, quizá resida la verdadera enseñanza de una noche que prometió razzle dazzle y entregó, sobre todo, un debate necesario.

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Título: Cuando el espectáculo desplaza al mérito: los Emmy y la tentación de la farándula

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