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Alemania ya no vota como antes

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El canciller de Alemania, Friedrich Merz Merz afirma que el resultado de las elecciones regionales marca un "profundo punto de inflexión"

El terremoto político que atravesó Alemania el 20 de septiembre no puede reducirse a una mala noche electoral de Friedrich Merz. Tampoco debe interpretarse únicamente como una victoria de los extremos. Lo ocurrido en Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental expone una transformación más profunda: el sistema político que garantizó estabilidad, alternancia y previsibilidad durante buena parte de la posguerra está dejando de representar adecuadamente las frustraciones de una sociedad sometida a presiones económicas, demográficas y culturales cada vez mayores.

En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, Alternativa para Alemania, AfD, obtuvo alrededor del 38 % de los votos, prácticamente el doble de su desempeño anterior. El Partido Socialdemócrata Alemán, SPD, resistió con cerca del 35,5 %, mientras la Unión Demócrata Cristiana, CDU, se desplomó hasta aproximadamente el 5 %. Dependiendo de la certificación definitiva y de la aplicación de las reglas electorales, el partido del canciller podría quedar fuera del parlamento regional, un desenlace sin precedentes en su historia posterior a 1945.

Berlín ofreció una fotografía distinta, pero igualmente reveladora. Die Linke se convirtió en la fuerza más votada con aproximadamente una cuarta parte de los sufragios, seguida por la CDU. AfD alcanzó alrededor del 16 %, su mejor desempeño en la capital, mientras el SPD, durante décadas una de las estructuras dominantes de la política berlinesa, cayó hasta cerca del 12 %. Por primera vez desde la reunificación, ni la CDU ni el SPD encabezaron las preferencias electorales de la ciudad.

Las cifras transmiten un mensaje que va más allá de la aritmética parlamentaria. El electorado alemán parece estar abandonando el centro tradicional en direcciones diferentes. En las zonas rurales y orientales, AfD capitaliza la inconformidad con la inmigración, el costo de la energía, la burocracia y la percepción de abandono territorial. En Berlín, Die Linke canaliza principalmente el descontento urbano relacionado con los alquileres, la vivienda y los servicios públicos. Son respuestas ideológicas opuestas, pero alimentadas por una misma pérdida de confianza en la capacidad de los partidos tradicionales para producir soluciones concretas.

Merz calificó como un “desastre” el resultado de la CDU en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. La expresión fue políticamente contundente, pero también inevitable. Cuando una organización que ha gobernado Alemania durante largos periodos queda al borde de desaparecer de un parlamento regional, no enfrenta una simple derrota coyuntural. Se encuentra ante una ruptura creciente entre su identidad histórica, su oferta política y una parte del electorado al que ya no consigue retener.

Sin embargo, sería un error convertir unas elecciones estatales en un mecanismo automático para destituir al canciller. Alemania es una democracia parlamentaria federal. La continuidad de Merz depende de la confianza del Bundestag y de la cohesión de la coalición federal, no de los resultados obtenidos en cada estado. El golpe es político y estratégico, no constitucional. Merz fue elegido canciller el 6 de mayo de 2025 y solo una ruptura de su mayoría parlamentaria, una reorganización interna o los mecanismos establecidos por la Ley Fundamental podrían precipitar su salida.

La dificultad para el canciller reside en que las urnas han debilitado su autoridad precisamente cuando Alemania necesita adoptar decisiones complejas. Su Gobierno debe estimular el crecimiento, modernizar infraestructuras, financiar la defensa, reformar el Estado social, controlar la inmigración irregular e impulsar la transformación tecnológica e industrial. Cada una de esas tareas exige recursos, consensos y capacidad política. Una coalición concentrada en su propia supervivencia tendrá mayores dificultades para ejecutar reformas que produzcan costos inmediatos y beneficios a largo plazo.

La crisis electoral tampoco puede separarse de la economía. La Comisión Europea proyecta que Alemania crecerá apenas un 0,6 % en 2026 y un 0,9 % en 2027, después de dos años de recesión y de una expansión de solo 0,2 % en 2025. La inflación alcanzaría un 2,9 % en 2026, mientras el déficit público subiría al 3,7 % del producto interno bruto. Este desempeño resulta especialmente preocupante para una nación cuyo pacto social depende de la fortaleza industrial, las exportaciones y la estabilidad del empleo.

La debilidad no es meramente cíclica. Alemania prácticamente no ha registrado crecimiento real desde 2019. La pérdida de participación en los mercados internacionales, los elevados costos energéticos, la competencia de China, los aranceles estadounidenses, la escasez de trabajadores cualificados y el debilitamiento de la inversión privada revelan un problema estructural. La industria automotriz, la maquinaria y otros sectores emblemáticos atraviesan una transición que amenaza puestos de trabajo y obliga a reconsiderar el modelo productivo alemán.

En ese contexto, el avance de AfD no debe leerse exclusivamente como una adhesión ideológica uniforme. Dentro de sus resultados conviven votantes identificados con su programa, ciudadanos preocupados por la inmigración, trabajadores temerosos de perder sus empleos y electores que utilizan el sufragio como instrumento de protesta. Reconocer esa diversidad no significa ignorar las controversias que rodean al partido, sino comprender que el aislamiento institucional, por sí solo, difícilmente revertirá su crecimiento si permanecen sin respuesta las causas materiales del descontento.

Al mismo tiempo, obtener la mayor cantidad de votos no equivale necesariamente a conquistar el Gobierno. AfD no alcanzó la mayoría absoluta en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y las demás formaciones mantienen su negativa a establecer acuerdos con ella. El denominado cordón sanitario puede impedirle formar una coalición, pero también obliga a los otros partidos a construir combinaciones parlamentarias cada vez más complejas. La paradoja es evidente: AfD amplía su representación electoral mientras permanece limitada en su capacidad para convertir esos votos en poder ejecutivo.

Esa contradicción coloca a la democracia alemana ante una prueba delicada. Los partidos tradicionales deben preservar sus líneas constitucionales sin transmitir la impresión de que millones de votos carecen de importancia. Si el aislamiento de AfD no se acompaña de políticas eficaces sobre empleo, seguridad, inmigración, vivienda y desarrollo regional, el cordón sanitario corre el riesgo de convertirse en combustible para la narrativa antisistema que pretende contener.

También existe una dimensión europea. Alemania no es un Estado más dentro de la Unión Europea. Es su mayor economía y uno de sus principales centros de poder político. Un Gobierno alemán debilitado reduce la capacidad europea para coordinar respuestas sobre defensa, energía, Ucrania, competitividad industrial, comercio internacional y migración. La previsión de crecimiento de apenas 0,6 % para Alemania también se sitúa por debajo del 1,1 % proyectado para el conjunto de la Unión Europea en 2026.

Merz tiene razón al describir el momento como un “profundo punto de inflexión”, pero identificar la crisis no basta. Su futuro dependerá menos de su resistencia personal que de su capacidad para recuperar eficacia gubernamental. Mantener unida la coalición puede evitar una crisis inmediata, pero no sustituye la necesidad de recuperar crecimiento, proteger el empleo industrial y demostrar que el Estado todavía puede responder con rapidez a las preocupaciones cotidianas.

Alemania ya no vota como antes porque tampoco vive en el mundo de antes. Su industria enfrenta una competencia más agresiva, su población envejece, su arquitectura energética continúa bajo presión y su sistema partidario se fragmenta. Las elecciones del 20 de septiembre no significan el colapso de la democracia alemana, pero sí constituyen una advertencia severa: cuando el centro político deja de ofrecer respuestas convincentes, los márgenes dejan de ser marginales.

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