
La incorporación de 467 megavatios al sistema eléctrico no representa únicamente una expansión de la capacidad de generación. Es una apuesta estratégica por la seguridad energética, la competitividad productiva y la confianza inversionista, pero su verdadero impacto dependerá de que el país transforme esa nueva holgura en un servicio estable, financieramente sostenible y cada vez más limpio.
La energía no es un lujo técnico ni una estadística reservada a ingenieros. Es la sangre que mueve la industria, sostiene el comercio, conserva los alimentos, ilumina las escuelas, mantiene operativos los hospitales y conecta a la República Dominicana con la economía digital. Por eso, la visita del presidente Luis Abinader a la construcción de la Generadora San Felipe Andrés I, en Punta Caucedo, debe ser leída más allá de la formalidad de una inspección gubernamental. Se trata de la supervisión de una infraestructura llamada a modificar la ecuación energética nacional mediante la incorporación de 467 megavatios al Sistema Eléctrico Nacional Interconectado, en un momento en que la demanda ha registrado máximos históricos superiores a los 4,200 megavatios.

La central, cuya ejecución alcanza el 92 % y cuya entrada en operación está proyectada para mayo de 2027, aportaría aproximadamente el 13 % de la demanda anual del SENI. No es una cifra menor. Su capacidad equivale a una reserva estratégica que puede reducir la vulnerabilidad del sistema ante el mantenimiento o la salida inesperada de otras unidades, responder al crecimiento del consumo y disminuir el riesgo de que la expansión económica tropiece con un déficit de generación. La energía que no se planifica termina cobrándose en apagones, pérdidas productivas, empleos frustrados y oportunidades de inversión que emigran hacia mercados más confiables.
El dato más revelador es la proyección de que el sistema dominicano alcance una reserva energética de entre 15 % y 20 %. Esa holgura no debe interpretarse como capacidad ociosa, sino como un seguro estratégico frente a contingencias, picos de demanda y crecimiento futuro. Ningún sistema eléctrico serio opera permanentemente al borde de su capacidad. Cuando generación y demanda se aproximan peligrosamente, cualquier avería puede convertirse en inestabilidad, apagones o compras de emergencia más costosas. Contar con una reserva razonable significa pasar de administrar urgencias a gestionar previsiones, siempre que las unidades estén realmente disponibles, exista combustible suficiente y la red pueda transportar la energía hasta los centros de consumo.
San Felipe Andrés I también demuestra que la política energética puede convertirse en una verdadera política de Estado cuando articula planificación pública, capital privado, seguridad jurídica y procesos competitivos. De los 467 megavatios de capacidad total, 400 estarán contratados durante 15 años como resultado de la Licitación Pública Internacional EDES-LPI-NG-04-2023. Este modelo ofrece previsibilidad al inversionista, pero también impone al Estado y a las empresas distribuidoras la responsabilidad de garantizar que los compromisos contractuales respondan al interés nacional, preserven la transparencia regulatoria y se reflejen en energía competitiva para los usuarios.
La tecnología escogida importa. Una central de ciclo combinado utiliza el calor residual de la turbina de gas para producir vapor y generar electricidad adicional, aprovechando mejor el combustible. El rendimiento neto anunciado de 64 % y el heat rate de 6,307 BTU/kWh colocan el proyecto dentro de una categoría de alta eficiencia térmica. Esto puede traducirse en una producción más competitiva y en menores emisiones por unidad de electricidad frente a plantas térmicas menos eficientes, aunque no elimina la condición fósil del gas natural ni sus riesgos asociados. La eficiencia es una virtud indispensable, pero no puede confundirse con descarbonización total.
Aquí aparece uno de los desafíos centrales de la política energética dominicana. El gas natural representa una fuente de respaldo más flexible y, en determinadas condiciones, menos contaminante que otros combustibles fósiles de mayor intensidad. Sin embargo, la República Dominicana continúa expuesta a precios internacionales, tensiones geopolíticas, cadenas logísticas y posibles interrupciones del suministro. La seguridad energética no consiste solamente en construir nuevas plantas, sino también en diversificar combustibles, fortalecer el almacenamiento, ampliar las energías renovables, modernizar la transmisión e incorporar soluciones de almacenamiento capaces de manejar la variabilidad de la generación solar y eólica. San Felipe Andrés I debe ser un puente hacia una matriz más equilibrada, no una excusa para posponer la transición.
También conviene poner la promesa en su justa dimensión. Más generación no significa automáticamente menos apagones ni una reducción inmediata de la factura eléctrica. El servicio depende de una cadena completa que incluye generación, transmisión, distribución, medición, cobranza, mantenimiento y disciplina financiera. Una planta eficiente puede producir electricidad firme, pero si las redes permanecen sobrecargadas, las pérdidas técnicas y comerciales continúan elevadas o las distribuidoras carecen de sostenibilidad, el ciudadano no percibirá plenamente la transformación. La tranquilidad energética proclamada por el Gobierno solo será completa cuando esa capacidad se convierta en continuidad, calidad y precios razonables para hogares y empresas.
Por esa razón, el avance en generación debe estar acompañado de una intervención igualmente audaz en transmisión y distribución. La Empresa de Transmisión Eléctrica Dominicana tendrá que garantizar que los nuevos megavatios puedan desplazarse de manera segura y eficiente, mientras las distribuidoras deberán reducir pérdidas, mejorar la gestión comercial y continuar normalizando usuarios. La construcción de generación sin redes preparadas produce cuellos de botella; la inversión en redes sin disciplina de cobro perpetúa déficits; y los subsidios sin focalización terminan protegiendo ineficiencias en lugar de proteger a las familias vulnerables. La reforma eléctrica requiere coherencia integral, no triunfos aislados.
El impacto económico potencial es enorme. Un país con suministro suficiente y confiable puede atraer industrias, centros logísticos, parques tecnológicos, operaciones de manufactura avanzada, hoteles, servicios digitales y centros de datos. La disponibilidad energética reduce la necesidad de autogeneración costosa, mejora la planificación empresarial y fortalece la competitividad de las mipymes, que suelen pagar con mayor severidad las deficiencias del sistema. La energía firme deja de ser un simple servicio público y se convierte en infraestructura productiva, garantía de inversión y multiplicadora de empleos. Esa es la profundidad de la afirmación de los desarrolladores cuando sostienen que se está transformando un servicio esencial en un valor estratégico.
La afirmación de que al concluir ocho años de gestión se habrán incorporado alrededor de 2,500 megavatios de generación termoeléctrica constituye una señal poderosa de expansión, pero deberá ser examinada con indicadores igualmente rigurosos: capacidad efectivamente disponible, factor de planta, costo contractual de la energía, cumplimiento de los cronogramas, reducción de fallas, evolución de las pérdidas y efecto final sobre el subsidio eléctrico. En política pública no basta con sumar megavatios instalados. Hay que medir cuántos operan, cuánto cuestan, qué tan confiables son y cuánto bienestar producen. Solo así la potencia anunciada se convierte en desarrollo verificable.
Debe reconocerse, además, el valor de la continuidad institucional. Los grandes proyectos energéticos exceden los ciclos electorales y requieren contratos previsibles, reguladores técnicamente independientes, respeto a las leyes y confianza entre el Estado y el sector privado. Cuando una inversión de esta magnitud alcanza un 92 % de ejecución y se aproxima a su fase operativa, el país envía una señal de estabilidad a los mercados. Pero esa confianza debe preservarse con rendición de cuentas, supervisión ambiental, información pública accesible y vigilancia permanente sobre el cumplimiento de las obligaciones contractuales. La institucionalidad no puede ser solamente una expresión ceremonial. Debe funcionar como garantía para el inversionista y como escudo para el ciudadano.

San Felipe Andrés I puede ser una de las piezas más importantes de la transformación energética dominicana, pero no debe convertirse en motivo de complacencia. El desafío consiste en aprovechar su aporte para acelerar la penetración de fuentes renovables, retirar gradualmente tecnologías costosas e ineficientes, robustecer la red, mejorar la gestión de las distribuidoras y construir una verdadera cultura de uso responsable de la energía. Una reserva de entre 15 % y 20 % ofrece espacio para planificar con menos ansiedad, pero no autoriza a desperdiciar electricidad, tolerar pérdidas ni aplazar las reformas estructurales.
El presidente Luis Abinader acierta al colocar la seguridad de la generación entre las prioridades estratégicas de su administración. Dejar al país en tranquilidad energética sería uno de los legados más trascendentes de cualquier gobierno, porque significaría proteger el crecimiento, reducir vulnerabilidades y asegurar que la próxima etapa del desarrollo dominicano no quede atrapada en la oscuridad de las improvisaciones. Sin embargo, el éxito definitivo no se medirá por el tamaño de las turbinas ni por la cantidad de megavatios anunciados, sino por la estabilidad que reciba el ciudadano, la competitividad que logre la empresa y la capacidad del Estado para convertir la energía en bienestar colectivo.
San Felipe Andrés I representa una oportunidad histórica para demostrar que la República Dominicana puede anticiparse a sus necesidades en lugar de reaccionar tardíamente ante ellas. Si sus 467 megavatios se integran dentro de una reforma responsable, transparente, sostenible y técnicamente coherente, el país no estará inaugurando solamente una central termoeléctrica. Estará encendiendo una plataforma de confianza para producir más, atraer inversiones, crear empleos y competir con mayor fortaleza. El desafío, a partir de ahora, es impedir que esa nueva potencia se quede en los cables y lograr que llegue, convertida en progreso, a cada rincón de la nación.
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Presidente Abinader visita construcción central🔌termoeléctrica Generadora San Felipe Andrés I, que aportará 467 MW al Sistema Eléctrico Nacional Interconectado (SENI).
Desarrolladores destacan el país gozará de una sólida holgura energética que permitirá contar con un 15 %-20 %… pic.twitter.com/LNvvhwfWeW— Orlando Díaz, Luis (@LuisOrlandoDia1) August 11, 2026
(Con información de: [presidencia.gob.do], [diariolibre.com], [hoy.com.do], [noticiassin.com] [diariolibre.com], [elnacional.com.do], [ehplus.do] [lanaciondo…nicana.com], [ehplus.do] [hoy.com.do], [almomento.net])
La generadora San Felipe Andrés I incorporará, una vez inaugurada, 467 MW al sistema eléctrico dominicano. El Pdte. @LuisAbinader y miembros del gabinete eléctrico supervisaron los avances de esta central termoeléctrica, que contribuirá a abastecer la demanda energética del país. pic.twitter.com/ROY6389T3w
— Presidencia de la República Dominicana (@PresidenciaRD) August 11, 2026















