Inicio GLOBALES Ormuz, la palabra que la ONU no pudo pronunciar

Ormuz, la palabra que la ONU no pudo pronunciar

154
Steve Witkoff y Jared Kushner participaron en una reunión de tres horas entre funcionarios de la administración Trump y una delegación iraní en la Asamblea General de la ONU en Nueva York; se espera otra reunión para tratar la reapertura del estrecho de Ormuz.

Hay jornadas en las que la diplomacia avanza justamente por donde la retórica parecía haberla clausurado. El martes, ante el 81.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente Donald Trump planteó desde el atril una disyuntiva sin matices: un acuerdo que permita a Irán reconstruirse o la aniquilación de la República Islámica. Horas después, a escasas cuadras de ese mismo salón, enviados de Washington y Teherán conversaban durante tres horas. La distancia entre el discurso y la mesa mide, en este caso, apenas el tiempo de un traslado; pero es allí, en esa grieta, donde suele instalarse la posibilidad de la paz.

Conviene leer el episodio con la precisión que exige la materia. No hubo cumbre presidencial ni anuncio de tregua. Hubo un contacto técnico de alto nivel entre el canciller Abbas Araghchi y los enviados Steve Witkoff y Jared Kushner, facilitado por la mediación discreta de Catar y Pakistán, dos actores que han comprendido que la estabilidad del Golfo no admite espectadores. Sobre la mesa, un solo punto ordenador: las condiciones para reabrir el estrecho de Ormuz. Teherán pide el levantamiento del bloqueo naval, la liberación de sus activos congelados y el cese de hostilidades en todos los frentes. Washington exige la navegación libre, el fin del programa nuclear y la ruptura de los vínculos con el terrorismo. No se cerró ningún capítulo, pero se abrió un canal, y hay otra cita convenida.

Para el Caribe y para América Latina, Ormuz no es una abstracción cartográfica. Por ese corredor transita cerca de una quinta parte del crudo mundial, y cada semana de bloqueo se traduce, con retraso pero con exactitud, en fletes más caros, combustibles encarecidos, primas de seguro marítimo elevadas y presión inflacionaria sobre economías abiertas y altamente dependientes de la importación energética. La República Dominicana, que ha construido su crecimiento sobre la logística, el turismo y el comercio exterior, tiene un interés objetivo, no ideológico, en que ese paso vuelva a la normalidad. La diplomacia comercial es, también, política de precios internos.

De ahí que la señal enviada desde Nueva York merezca ser acogida con prudencia constructiva. La guerra, iniciada el 28 de febrero, se aproxima a los siete meses sin haber alcanzado sus objetivos declarados, y ningún cálculo electoral debería determinar el calendario de un entendimiento que afecta la seguridad energética del planeta entero. El mérito del multilateralismo no está en la elocuencia de sus discursos, sino en su capacidad de ofrecer un techo común bajo el cual adversarios irreconciliables puedan sentarse sin perder el rostro. Eso fue exactamente lo que ocurrió esta semana, aunque nadie lo haya inscrito en la agenda oficial.

La comunidad internacional debe insistir en lo evidente: un acuerdo verificable, con supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica, garantías de navegación y un cronograma de desescalada, es infinitamente menos costoso que cualquier victoria militar imaginable. La amenaza podrá ganar titulares; solo la negociación gana tiempo, vidas y mercados. Que la próxima reunión encuentre a las partes con menos adjetivos y más cláusulas.

Editorial #GuasábaraEditor

Título: Ormuz, la palabra que la ONU no pudo pronunciar

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí