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Ormuz, la diplomacia del estrecho: por qué Nueva York puede valer más que una flota

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81.º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU

81.º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU

La disposición de Washington a hablar con Teherán en la semana de la Asamblea General no es un gesto blando: es el reconocimiento de que ningún despliegue naval puede reabrir por la fuerza, y en siete días, la arteria por donde respira la economía mundial.

Ormuz, la diplomacia del estrecho: por qué Nueva York puede valer más que una flota

Hay semanas en que la historia se juega en pasillos y no en portaaviones. La declaración del secretario de Estado, Marco Rubio, a NBC News —que el presidente está abierto a reunirse con todos, que no hay cita agendada y que cualquier contacto debe servir para impedir que Irán obtenga armas nucleares— tiene la textura de esos momentos. No anuncia una negociación; anuncia que la puerta no está clausurada. Y en diplomacia coercitiva, la diferencia entre una puerta cerrada y una puerta entreabierta es, con frecuencia, la diferencia entre una guerra que se administra y una que se desborda.

El contexto obliga a leer con cuidado. Según versiones de Reuters y Kyodo atribuidas a un alto funcionario iraní, Teherán habría ofrecido reabrir el estrecho de Ormuz en un plazo de siete días a cambio de una reducción de la presión militar estadounidense y del levantamiento del bloqueo a sus puertos, propuesta transmitida por mediadores el 16 de septiembre. Al mismo tiempo, el comando central iraní advirtió que respondería “sin límites ni consideraciones” ante una nueva ofensiva. Ambas señales conviven porque pertenecen al mismo repertorio: quien negocia desde la debilidad relativa necesita exhibir capacidad de daño para que su oferta no se lea como rendición. Los mercados entendieron el mensaje antes que las cancillerías: el Brent cedió hacia los 97,73 dólares y el WTI hacia los 92,40, con futuros accionarios mixtos. Cuando el precio del crudo se mueve por un rumor de conversación, el analista serio debe concluir que la prima de riesgo no la fija la potencia de fuego, sino la probabilidad percibida de acuerdo.

Aquí reside el dato estructural que la opinión pública suele pasar por alto. Por Ormuz transita en condiciones normales cerca del 20% del suministro mundial de petróleo y gas natural licuado. Ningún bloqueo se rompe con retórica ni se sostiene indefinidamente sin costo para quien lo impone. Siete meses de guerra, un estrecho cerrado y una ofensiva naval persistente han producido un empate doloroso: Estados Unidos no ha logrado restablecer la navegación, Irán no ha logrado que se levante la presión, y el mundo paga la cuenta. A ello se suma un agravante geográfico que reconfigura el tablero: la toma huthi de la isla de Perim afianza su control sobre Bab el-Mandeb, de modo que Teherán y sus aliados quedan en posición de presionar simultáneamente los dos cuellos de botella del transporte de crudo. La alternativa saudí por el oleoducto Este-Oeste pierde valor si la salida del mar Rojo también está amenazada. El G7 condenó los ataques hutíes contra Yemen y Arabia Saudí y exigió a Irán cesar su respaldo; el Reino Unido, bajo el primer ministro Andy Burnham, ofreció reabastecimiento en vuelo a aviones saudíes tras el rechazo de Trump a la solicitud de Riad. La arquitectura occidental, en suma, empieza a fragmentarse en respuestas nacionales ante un problema que exige respuesta colectiva.

La presión económica avanza en paralelo. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, amenazó con dejar sin combustible, sin servicios de aterrizaje y sin acceso al sistema del dólar a las aerolíneas iraníes, y el Tesoro sancionó al banco estatal ruso VTB para estrangular a los facilitadores financieros de Teherán. Es la doctrina del cerco total. Pero la experiencia comparada enseña que las sanciones producen su mejor rendimiento cuando existe una salida negociada creíble; sin ella, se convierten en un castigo sin política, y el castigo sin política tiende a endurecer al sancionado antes que a doblegarlo. Que Rubio hable de apertura mientras Bessent habla de asfixia no es contradicción: es la gramática clásica del palo y la zanahoria. El riesgo es que, entre tantos emisores, Teherán no logre identificar cuál es la voz que decide.

Para el mundo en desarrollo —y para una economía abierta y energéticamente dependiente como la de la República Domicana— esto no es geopolítica de espectadores. Cada dólar adicional en el barril se traduce en tarifa eléctrica, en costo de flete, en inflación importada y en presión fiscal sobre los subsidios. El Caribe no participa de la guerra, pero financia sus consecuencias. Por eso nuestra diplomacia debe hablar con claridad en Nueva York a favor de la desescalada, la libertad de navegación y el retorno a un régimen verificable de no proliferación: no por alineamiento, sino por interés nacional elemental.

Masoud Pezeshkian viajó a Nueva York sin reunión prevista con Donald Trump, aunque nadie la descarta. La Asamblea General fue descrita por un funcionario iraní como una “oportunidad de oro”. Conviene tomar la expresión en serio. Las guerras rara vez terminan porque un bando se convenza; terminan cuando ambos descubren que el costo de continuar supera el costo de conversar. Ese umbral parece haberse alcanzado en los mercados antes que en los despachos. Si de esta semana sale apenas un canal técnico con mediadores y un calendario, habrá sido más productiva que siete meses de fuego. Y si no sale nada, el mundo habrá comprobado, una vez más, que el multilateralismo no fracasa por falta de foro, sino por exceso de orgullo.
Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor

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Nota: La táctica del palo y la zanahoria es una metáfora que describe el uso combinado de recompensas (la zanahoria) y castigos (el palo) para motivar o influir en el comportamiento de alguien.

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