Inicio Uncategorized Los que construyen en silencio

Los que construyen en silencio

142

Hay confesiones que valen más que cien discursos. La que acaba de escribir Eduardo Sanz Lovatón, bajo el título «Paliza y Carolina: Soldados de las victorias», pertenece a esa rara estirpe de textos que no buscan el aplauso, sino dejar constancia. Y en esa constancia, casi sin proponérselo, retrata algo mucho más grande que un partido: retrata la manera en que la República Dominicana aprendió a hacer política en serio.

Déjenme contarlo como lo entendí al leerlo.

Imaginen un puñado de hombres y mujeres saliendo exhaustos de las escalinatas de un tribunal, cerca del Centro de los Héroes, después de perderlo casi todo. No tenían el Estado a favor. No tenían sentencias amables. Tenían apenas una convicción y un local en la avenida Bolívar, en el viejo Instituto José Francisco Peña Gómez. Allí, entre actas que anotaba fielmente un Orlando Jorge y sobremesas con don Hipólito y con Luis, nació lo que hoy es una de las organizaciones políticas más sólidas de América. No exagera Sanz Lovatón cuando lo dice: en tiempos donde el populismo pretende arrebatarle a la política su función esencial —que es gobernar—, construir un partido que exprese mayorías y respete instituciones es, en sí mismo, un acto de patriotismo.

Pero el corazón de su relato no está en la fundación, sino en un gesto: el de saber ceder.

Cuando llegó el momento de renovar la dirección del partido, sobraban aspiraciones y ambiciones legítimas. Hubo conversaciones en Madrid, hubo una en Unicentro que el autor guarda con elegancia para la historia, hubo fórmulas y desencuentros. Y cuando el consenso se hizo imposible, no hubo ruptura: hubo votos. Carolina Mejía y José Ignacio Paliza ganaron; Andrés Bautista y Jesús Vázquez compitieron con dignidad y, al reconocer el resultado, hicieron más fuerte a todos. Ahí está, en una sola escena, la lección que a tantos países de la región les cuesta aprender: que se puede competir sin destruirse, y que la derrota bien asumida también construye.

Lo demás es historia conocida. Esos dos jóvenes —a quienes entonces también se les cuestionaba la experiencia, como hoy se cuestiona a Juan Ariel Jiménez y a Gloria Reyes— salieron a trabajar. Carolina integró; José articuló los pueblos. Administraron vanidades sin sobresaltos y le entregaron a Luis Abinader un partido cohesionado que ganó en 2020 y revalidó en 2024. Y Sanz Lovatón, con la autoridad de quien fue secretario de Finanzas y manejó los recursos «sin un sí ni un no, sin una queja», pone el dedo en lo que verdaderamente sostiene a una organización: la confianza. Nada, escribe, es más halagador que la confianza. Cuánta razón.

Aquí está el aporte que quiero ponderar. La estabilidad política dominicana de los últimos años no es un accidente ni un milagro. Es el producto de una cultura de pacto, relevo ordenado y lealtad institucional que este testimonio documenta desde adentro. Mientras buena parte de América Latina se debate entre caudillismos, rupturas constitucionales y polarizaciones que paralizan, la República Dominicana ofrece un modelo distinto: el del liderazgo que se transmite en paz, de Carolina y José hacia Luis, Gloria, Juan y Deligne, sin dramas ni desgarramientos. Eso, en la región, es un valor de exportación.

Por eso este artículo trasciende su circunstancia. No es la crónica de una proclamación partidaria; es un manual sobre cómo se edifica la democracia con paciencia. Las luchas y sustos que el autor pide recordar «para que, con otras ropas y otros nombres, puedan repetirse» son exactamente el tipo de memoria que a los pueblos les conviene atesorar.

Gracias, José. Gracias, Caro. Pero gracias también a quien tuvo la generosidad de contarlo. Porque los que construyen en silencio rara vez reciben crédito, y sin ellos ninguna victoria sería posible.

#GuasábaraEditor

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí