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El Ártico ya tiene dueño estratégico: Lituania rompe el silencio europeo y valida el pacto de Washington sobre Groenlandia

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La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen; el líder del gobierno de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, durante una visita a Qoornoq, Groenlandia, el 6 de septiembre de 2026. (Mads Claus Rasmussen/Ritzau Scanpix via AP)
  • El respaldo de Gitanas Nausėda al acuerdo entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia no es un gesto diplomático menor: es la señal de que el flanco báltico prefiere un Ártico bajo paraguas estadounidense antes que un Ártico en disputa. Detrás de la celebración hay un texto que nadie ha leído todavía, dos parlamentos que aún deben aprobarlo y una pregunta incómoda sobre qué significa «control permanente» cuando se pronuncia desde Truth Social.

Por Luis Orlando Díaz Vólquez

El presidente de Lituania, Gitanas Nausėda, fue el primer dirigente europeo en reaccionar al anuncio hecho el viernes por Donald Trump, y lo hizo sin matices: el acuerdo previsto entre Groenlandia, Dinamarca y Estados Unidos constituye «un paso importante hacia una mayor seguridad en el Ártico y el Atlántico Norte», y una cooperación transatlántica más fuerte en esas regiones es «esencial» para la seguridad de Europa y de toda la alianza de la OTAN. La velocidad de la reacción importa tanto como su contenido. Vilna no esperó a Bruselas, ni a Berlín, ni a París. Actuó como actúa quien vive a escasos kilómetros de Kaliningrado y ha aprendido que en materia de disuasión el silencio se paga caro.

Conviene recordar de dónde viene este acuerdo, porque la memoria corta es la principal aliada de las narrativas triunfalistas. Desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, Trump insistió repetidamente en que Washington necesitaba controlar Groenlandia por razones estratégicas, llegando a no descartar el uso de la fuerza, lo que alarmó a un aliado de la OTAN y provocó un rechazo frontal en toda Europa. Groenlandia respondió entonces que no estaba en venta y la Unión Europea cerró filas para reprender la pretensión anexionista. Lo que se anunció el viernes, por tanto, no es la culminación de aquella ambición: es su reconversión. El pacto, tal como lo describen Copenhague y Nuuk, se queda notoriamente corto respecto de la exigencia original de incorporar la isla al territorio estadounidense.

Ahí reside la primera lectura analítica seria. Se trata de un acuerdo de seguridad, no de soberanía. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, subrayó que el texto «reconoce la soberanía y la integridad territorial» del Reino y el «derecho del pueblo groenlandés a la autodeterminación», y lo enmarcó como un refuerzo de la seguridad común en el Ártico y el Atlántico Norte, beneficioso para la OTAN y para Europa. El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen —quien meses atrás había rechazado sin ambigüedades las pretensiones de control estadounidense— lo describió como un entendimiento «en beneficio de todos» que garantizará y reforzará la seguridad de la isla. El canciller danés, Lars Løkke Rasmussen, aportó la clave política del asunto: el acuerdo respeta las «líneas rojas» del Reino y permitirá sustituir un largo periodo de incertidumbre por un compromiso vinculante.

La versión estadounidense, sin embargo, es de otra naturaleza retórica. Trump proclamó en Truth Social que el acuerdo otorga a Estados Unidos «control permanente sobre la seguridad y todas las demás necesidades» en Groenlandia, que ningún adversario podrá jamás tener base, presencia militar ni inversiones sensibles sin autorización expresa por escrito de Washington, y que se trata de un acuerdo de «vida infinita», sin fecha de término y sin costo alguno para su país. Anunció además el inicio inmediato del proceso para desarrollar «una gran presencia militar» en la isla. El secretario de Estado, Marco Rubio, lo calificó de «enorme victoria» y sostuvo que Groenlandia formará parte para siempre del área de defensa estratégica de América del Norte, excluyendo a cualquier adversario.

Dos relatos, un solo documento no publicado. Esa es la grieta que ningún análisis honesto puede ignorar: el texto íntegro no ha sido difundido. Lo que se conoce proviene de un funcionario del Departamento de Estado que habló bajo anonimato y que precisó los alcances operativos: acceso permanente, establecimiento de bases y derechos de sobrevuelo; prohibición de bases o tropas de países ajenos a la OTAN; y mecanismos de escrutinio para bloquear inversiones chinas y rusas en sectores sensibles. Un detalle resulta particularmente revelador: según esa misma fuente, el pacto se mantendría vigente incluso si Groenlandia alcanzara la plena independencia. Es decir, la arquitectura de seguridad sobreviviría a la propia mutación constitucional del territorio. Rara vez un tratado se diseña con tanta previsión sobre el futuro político de la parte más pequeña.

Tampoco es un salto al vacío jurídico. Estados Unidos mantiene presencia militar en la isla desde la Segunda Guerra Mundial y opera la base espacial de Pituffik —la antigua Thule—, pieza clave del sistema de alerta temprana antimisiles y de vigilancia espacial, amparada en el acuerdo de defensa de 1951 con Dinamarca. El nuevo pacto, según las descripciones disponibles, permitiría construir bases adicionales evocando precisamente ese marco de 1951. Lo verdaderamente novedoso no es la presencia: es la exclusividad codificada y su pretensión de perpetuidad.

La OTAN, por su parte, dio la bienvenida al anuncio. Su portavoz, Allison Hart, afirmó que el Ártico y el Atlántico Norte son esenciales para la seguridad colectiva y que el acuerdo ayudará a impulsar la seguridad, la estabilidad y la cooperación en esa región vital. El aval de la Alianza y el respaldo báltico configuran un mismo cálculo: ante un Ártico que se deshiela y se militariza, la ambigüedad estratégica es más peligrosa que la asimetría de poder dentro del bloque occidental.

Pero la prudencia analítica obliga a marcar tres reservas. La primera es procesal: Trump presentó el pacto como hecho consumado, mientras Copenhague y Nuuk precisaron que la firma ocurrirá la próxima semana, al margen de la Asamblea General de la ONU en Nueva York, y que después deberá superar los procedimientos parlamentarios en Dinamarca y en Groenlandia para entrar en vigor. Nada está cerrado hasta que los parlamentos voten. La segunda es semántica: «control permanente» y «seguridad compartida» no son sinónimos, y el propio Trump no explicó cómo funcionará esa fórmula ni publicó el contenido del entendimiento. La tercera es social: en enero de este año hubo protestas ciudadanas frente al consulado estadounidense en Nuuk contra la política de Trump hacia la isla. Cincuenta y seis mil habitantes tienen derecho a que la palabra «autodeterminación» signifique algo más que una cláusula de cortesía.

Para el Caribe y para República Dominicana, el episodio no es un asunto remoto. Consagrar a Groenlandia como parte del «área de defensa estratégica de América del Norte» confirma que la doctrina hemisférica estadounidense vuelve a expandirse por los bordes del continente, del Ártico al trópico. Las mismas herramientas que hoy se aplican al norte —control de infraestructura crítica, filtrado de inversiones sensibles, exclusión de actores extrarregionales— son las que configuran el ambiente en que operan las aduanas, los puertos y las cadenas logísticas del Caribe. Quien entienda el precedente groenlandés estará mejor preparado para leer la próxima ola de exigencias sobre trazabilidad, seguridad portuaria y origen de capitales en nuestra propia región.

Lituania, en definitiva, hizo lo que suelen hacer los países pequeños con memoria larga: leer el mapa antes que el discurso. Nausėda no celebró a Trump; celebró que el Ártico deje de ser una zona gris. Esa distinción, sutil pero decisiva, es la que Europa entera tendrá que sostener cuando el documento finalmente se publique y las palabras deban responder por lo que prometen.

#GuasábaraEdito

Título: El Ártico ya tiene dueño estratégico: Lituania rompe el silencio europeo y valida el pacto de Washington sobre Groenlandia

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