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China y Rusia salen de la sombra: la guerra con Irán como bisagra del nuevo orden mundial

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Tehran, Iran - February 3, 2016: Tehran skyline during "revolution day" anniversary. Iran, 2016

El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán dejó de ser una disputa regional para convertirse en un laboratorio de la rivalidad entre grandes potencias. China y Rusia ya no actúan solo como espectadores diplomáticos: ven en la guerra una oportunidad para erosionar la primacía estadounidense, proteger sus intereses energéticos, ampliar su influencia en Medio Oriente y posicionarse como árbitros de una eventual salida negociada.

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ha entrado en una fase más peligrosa porque sus consecuencias ya no se limitan al equilibrio militar del Golfo Pérsico. Lo que comenzó como una confrontación centrada en la capacidad misilística, nuclear y regional de Teherán se ha transformado en un tablero global donde China y Rusia calculan costos, beneficios y oportunidades. En Medio Oriente, cada guerra importante tiene una doble naturaleza: se libra con misiles, drones y sanciones, pero también con petróleo, rutas marítimas, inteligencia, monedas, alianzas y expectativas de poder. Por eso Pekín y Moscú han decidido salir gradualmente de la sombra. No necesariamente para combatir de forma abierta contra Estados Unidos, sino para impedir que Washington convierta la guerra en una victoria estratégica.

El punto de inflexión es energético. El estrecho de Ormuz es una de las arterias más sensibles del planeta: la Agencia Internacional de Energía estima que por allí transitaron en 2025 unos 20 millones de barriles diarios de crudo y productos petroleros, alrededor del 25% del comercio marítimo mundial de petróleo, con opciones limitadas para sustituir esa ruta en caso de interrupción. La Administración de Información Energética de Estados Unidos calculó que en 2024 circularon por Ormuz unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petroleros. Además, cerca de una quinta parte del comercio mundial de gas natural licuado pasó por ese estrecho en 2024, principalmente desde Qatar, según la EIA. En otras palabras, Ormuz no es solo una vía marítima: es una palanca de presión sobre inflación, crecimiento, seguridad energética y estabilidad política en Asia, Europa y Occidente. [iea.org] [eia.gov] [eia.gov]

China entiende esa realidad mejor que nadie. Su economía depende de flujos energéticos estables, pero también sabe que una crisis prolongada puede debilitar a Estados Unidos, encarecer sus compromisos militares y abrir un espacio diplomático para que Pekín se presente como mediador indispensable. La relación sino-iraní no es accidental ni improvisada. La Comisión de Revisión Económica y de Seguridad Estados Unidos-China señaló en marzo de 2026 que China es el principal comprador del petróleo iraní, que sus compras representan aproximadamente el 90% de las exportaciones petroleras de Irán y que ambos países firmaron en 2021 un acuerdo de cooperación estratégica de 25 años que cubre áreas económicas, tecnológicas y de seguridad. Esa dependencia crea una relación asimétrica: Irán necesita a China para respirar económicamente bajo sanciones, mientras China usa a Irán como proveedor energético, socio antisancciones y pieza de presión contra el orden liderado por Washington. [uscc.gov] [uscc.gov]

Rusia, por su parte, observa la guerra desde una lógica distinta, pero complementaria. Moscú no necesita que Irán gane en sentido convencional; le basta con que Estados Unidos se desgaste. Un conflicto largo en el Golfo distrae recursos, municiones, atención estratégica y capital político estadounidense que podrían dirigirse al frente europeo o al Indo-Pacífico. En análisis recientes se ha documentado que la guerra contra Irán ha incrementado la presión sobre inventarios de municiones críticas estadounidenses, especialmente sistemas de defensa antimisiles y armas de largo alcance que también serían necesarias en un eventual conflicto en el Pacífico occidental. Para Rusia, todo misil estadounidense consumido en Medio Oriente es una ventaja indirecta en otros teatros. Para China, cada señal de fatiga militar estadounidense es una variable a considerar en Taiwán, el Mar de China Meridional y la arquitectura futura de seguridad asiática. [michael-hudson.com], [discoverya…ert.com.au]

La salida de la sombra de China y Rusia debe entenderse como una estrategia de apoyo calibrado. No se trata necesariamente de una alianza formal ni de una entrada abierta en guerra contra Estados Unidos. Se trata de brindar a Irán suficiente oxígeno diplomático, económico, tecnológico y estratégico para impedir una derrota rápida. La propia Comisión Estados Unidos-China ha señalado que China ayuda a Irán a mitigar sanciones mediante redes comerciales y financieras, transferencia tecnológica, comercio de doble uso, empresas intermediarias, flotas opacas y acceso a tecnologías que pueden apoyar programas de misiles y drones. Esa forma de respaldo es menos visible que una brigada militar, pero puede ser más decisiva en una guerra moderna, donde los chips, sensores, navegación satelital, inteligencia y financiamiento valen tanto como los tanques. [uscc.gov]

La dimensión marítima agrava el problema. Si Ormuz se convierte en un cuello de botella hostil, el mundo mira de inmediato hacia rutas alternativas como Bab el-Mandeb, el mar Rojo y el canal de Suez. La AIE advirtió el 21 de julio de 2026 que la escalada que afecta a Ormuz y a infraestructura energética regional incrementa las preocupaciones de seguridad de suministro, y que las amenazas al estrecho de Bab el-Mandeb agravan aún más esas preocupaciones porque se ha vuelto una ruta importante para sortear parte de la presión sobre Ormuz. Ese dato revela el verdadero poder de Irán y sus aliados regionales: no necesitan cerrar todos los mares, sino introducir suficiente incertidumbre para elevar costos, atrasar cargamentos, encarecer seguros y obligar a consumidores y productores a replantear sus rutas. [iea.org]

Para China, esa incertidumbre no es solo riesgo; también es oportunidad. Pekín puede presentarse como el actor con capacidad de persuadir a Teherán, mantener canales con Rusia, conversar con las monarquías del Golfo, proteger sus suministros y ofrecer una salida diplomática cuando Washington enfrente costos crecientes. Su estrategia no es derrotar a Estados Unidos en una batalla frontal, sino llevarlo a un terreno donde la superioridad militar pierda eficacia frente a la paciencia, la interdependencia y la mediación. La tradición estratégica china ha privilegiado con frecuencia la victoria indirecta: ganar influencia sin necesidad de disparar, condicionar el resultado sin asumir el costo principal de la guerra, aparecer como estabilizador cuando el rival queda atrapado en la escalada.

Rusia también busca convertir el conflicto en moneda de negociación. Si Moscú puede influir sobre Teherán, aunque sea parcialmente, puede usar esa influencia como carta frente a Washington en otros escenarios, incluida Ucrania. No se trata de solidaridad ideológica pura, sino de transacción geopolítica. Rusia necesita romper o aliviar su aislamiento occidental; China necesita preservar su ascenso sin quedar arrastrada a una guerra directa; Irán necesita sobrevivir; y Estados Unidos necesita evitar que una operación destinada a reafirmar poder termine demostrando sobreextensión.

El resultado es una guerra que ya no se mide solo en blancos destruidos o misiles interceptados. Se mide en quién controla la narrativa de la paz, quién administra los costos energéticos, quién mantiene abiertas sus cadenas de suministro, quién conserva municiones críticas y quién aparece ante el mundo como garante de estabilidad. Estados Unidos todavía posee una superioridad militar formidable, pero la guerra con Irán muestra que la superioridad militar no siempre equivale a control estratégico. Cuando el adversario puede afectar petróleo, gas, rutas marítimas, inflación y alianzas, la victoria deja de ser una operación de fuerza y se convierte en una ecuación de resistencia.

China y Rusia han salido de la sombra porque comprenden que esta guerra puede redefinir el equilibrio global sin necesidad de convertirse en una tercera guerra mundial. Ven una oportunidad para acelerar la transición de un orden unipolar hacia un sistema más fragmentado, donde Washington siga siendo poderoso, pero menos capaz de imponer desenlaces por sí solo. En ese sentido, Irán es el escenario, pero no el objetivo final. El verdadero objetivo es el orden internacional que surgirá después de la guerra: quién mediará, quién financiará, quién reconstruirá, quién garantizará energía y quién tendrá la última palabra en la geopolítica de Medio Oriente.

La pregunta de fondo no es únicamente por qué China y Rusia aparecen ahora. La pregunta decisiva es por qué podían permitirse esperar hasta este momento. La respuesta es clara: porque dejaron que Estados Unidos asumiera el costo inicial de la guerra, que Irán resistiera lo suficiente y que el sistema energético global demostrara su fragilidad. Ahora, cuando la crisis amenaza con volverse insostenible, Pekín y Moscú entran al escenario no como simples aliados de Teherán, sino como aspirantes a árbitros del desenlace. Y en la política mundial, muchas veces quien no dispara el primer misil, pero negocia el último acuerdo, termina escribiendo la historia.