La imagen de toneladas de jacinto flotando sobre el río no es un accidente: es el resultado de décadas de abandono, contaminación y decisiones públicas postergadas que hoy cobran factura en la salud de la ciudad.
La postal de brigadas retirando lilas en el puente flotante debería avergonzarnos. No se trata solo de una molestia estética ni de un problema puntual tras las lluvias; es la manifestación visible de un río que ha sido convertido en vertedero. Cada planta que flota hacia el mar lleva consigo nutrientes y desechos que hablan de aguas residuales sin tratar, de descargas industriales toleradas y de una gestión de cuencas que ha privilegiado el cemento sobre la vida.
Limpiar la superficie es imprescindible, pero insuficiente. La remoción manual y mecánica apaga el síntoma; la causa sigue intacta en las cuencas altas y medias, donde la deforestación, la erosión y la falta de infraestructura de saneamiento alimentan la proliferación del jacinto. Mientras no exista un plan integral que combine tratamiento de aguas, restauración de riberas y control de vertidos, cada aguacero volverá a convertir al Ozama en una alfombra vegetal que asfixia fauna, complica la navegación y degrada barrios enteros.
La responsabilidad es compartida: autoridades, empresas y ciudadanos. El Estado debe asumir la urgencia con inversiones sostenidas y regulaciones claras; las empresas, con controles y sanciones efectivas; la sociedad, con vigilancia y prácticas que reduzcan la carga contaminante. No es una cuestión de voluntarismo estético sino de salud pública y de economía local: pescadores, comerciantes y el turismo urbano pagan la factura de la inacción.
Hay soluciones conocidas y viables: plantas de tratamiento operativas, programas de reforestación de cuencas, protocolos de respuesta rápida para biomasa y proyectos de aprovechamiento del jacinto como materia prima. Requieren voluntad política, financiamiento y transparencia. Requieren, sobre todo, que la limpieza deje de ser noticia efímera y pase a ser parte de una estrategia de largo plazo que devuelva al Ozama su función ecológica y social.
Si no transformamos la emergencia en oportunidad, seguiremos repitiendo la escena: brigadas barriendo la superficie mientras la raíz del problema se pudre río arriba. Recuperar el Ozama no es un gesto simbólico; es restituir un bien común que sostiene la vida de Santo Domingo. Empezar hoy es una deuda con las generaciones presentes y futuras.
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