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Multilateralismo o fragmentación: la batalla por gobernar la inteligencia artificial

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al presidente de francia, Emmanuele Macron, y el primer ministro autraliano, Anthony Albanese (Foto: Mick Tsikas/AAP/dpa)

En una Asamblea General de las Naciones Unidas marcada por las tensiones geopolíticas, los conflictos armados y la acelerada revolución tecnológica, Pedro Sánchez ha colocado sobre la mesa una de las discusiones más trascendentales del siglo XXI: quién gobernará la inteligencia artificial y bajo qué principios se construirá el futuro digital de la humanidad.

Por Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor

La historia suele recordar a los líderes no solo por las crisis que enfrentan, sino por las ideas que defienden cuando el mundo atraviesa momentos de transformación. En la actual Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha optado por reivindicar una idea que para algunos parece antigua, pero que hoy resulta más necesaria que nunca: el multilateralismo.

Su planteamiento llega en un momento particularmente complejo. El orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial atraviesa uno de los períodos de mayor tensión de las últimas décadas. La guerra en Ucrania, la inestabilidad en Oriente Medio, las disputas comerciales entre grandes potencias, la crisis migratoria en diversas regiones y la creciente competencia tecnológica han erosionado muchos de los consensos globales que durante décadas sirvieron como base de la cooperación internacional.

Frente a ese escenario, Sánchez sostiene que la respuesta a la fragmentación no puede ser más fragmentación. La afirmación tiene una profundidad estratégica que trasciende el discurso diplomático tradicional. En una época donde proliferan alianzas cerradas, bloques de influencia y rivalidades tecnológicas, defender instituciones multilaterales universales representa una apuesta por preservar espacios comunes de gobernanza global.

Sin embargo, el aspecto más relevante de su intervención no se encuentra únicamente en la defensa del derecho internacional o de las Naciones Unidas. La verdadera dimensión de su mensaje emerge cuando traslada esa lógica multilateral al campo de la inteligencia artificial.

La IA se ha convertido en el recurso estratégico más valioso de nuestra era. Su impacto ya no se limita a la productividad empresarial ni a la innovación tecnológica. Hoy influye sobre la educación, la seguridad nacional, la economía, la salud, la información, las campañas políticas y hasta la formación de valores culturales entre las nuevas generaciones.

Precisamente por ello, el llamado de Sánchez a construir una alianza global para regular la inteligencia artificial merece una reflexión más profunda. La velocidad con la que avanza esta tecnología supera ampliamente la capacidad de respuesta de los marcos regulatorios nacionales. Ningún país, por poderoso que sea, podrá enfrentar en solitario los desafíos asociados a los algoritmos autónomos, la manipulación informativa, los delitos digitales, la explotación de datos personales o la protección de la infancia.

La advertencia dirigida a las grandes corporaciones tecnológicas resulta igualmente significativa. Cuando afirma que por encima de cualquier modelo de negocio están los hijos y las hijas de nuestras sociedades, introduce una dimensión ética que los mercados suelen ignorar. La rentabilidad empresarial es legítima, pero no puede convertirse en el único criterio para determinar el desarrollo de tecnologías que moldearán el comportamiento humano durante generaciones.

Los datos citados sobre exposición infantil a pantallas, acceso a contenidos inapropiados y crecimiento exponencial del material de abuso sexual generado mediante inteligencia artificial revelan la magnitud del desafío. Ya no se trata únicamente de una discusión tecnológica; se trata de una cuestión de derechos humanos, protección social y estabilidad democrática.

Desde esa perspectiva, la comparación de Sánchez entre un ecosistema digital sin regulación y una «jungla sin ley» adquiere sentido político. La experiencia internacional demuestra que los vacíos normativos suelen ser ocupados por intereses privados que operan sin suficiente supervisión pública. Lo mismo ocurrió con los mercados financieros antes de las grandes crisis, con las plataformas digitales durante la expansión de las redes sociales y ahora amenaza con repetirse en el campo de la inteligencia artificial.

Al mismo tiempo, el mandatario español combinó esta agenda global con asuntos de interés geopolítico inmediato, desde la situación migratoria en Ceuta hasta el diálogo con Venezuela y la necesidad de reformar los mecanismos de financiamiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Aunque se trata de temas distintos, todos responden a una misma lógica: la convicción de que los grandes problemas contemporáneos requieren respuestas cooperativas y no exclusivamente nacionales.

La discusión de fondo es mucho más amplia que España o que Europa. El debate real consiste en determinar si el siglo XXI estará gobernado por reglas compartidas o por la competencia sin límites entre Estados y corporaciones. La inteligencia artificial representa la prueba más exigente para el sistema internacional contemporáneo. Si el mundo fracasa en construir mecanismos globales de supervisión y responsabilidad, las consecuencias podrían extenderse desde la desinformación masiva hasta nuevas formas de desigualdad tecnológica.

Por esa razón, la propuesta de fortalecer el multilateralismo encuentra hoy una renovada vigencia. No porque las instituciones internacionales sean perfectas, sino porque la alternativa podría ser un escenario donde la tecnología avance más rápido que la capacidad humana para controlarla.

La ONU enfrenta uno de los mayores retos de su historia: demostrar que aún puede ser el espacio donde la humanidad construye consensos frente a amenazas compartidas. En esa batalla, la regulación de la inteligencia artificial será probablemente una de las pruebas definitivas de la gobernanza global en las próximas décadas.

La pregunta ya no es si la inteligencia artificial transformará el mundo. Eso está ocurriendo. La verdadera interrogante es quién establecerá las reglas de esa transformación y si dichas reglas responderán al interés colectivo o exclusivamente a los intereses de unos pocos. Allí reside la importancia estratégica del mensaje que Pedro Sánchez ha llevado a Nueva York: sin cooperación internacional, el futuro digital corre el riesgo de convertirse en un territorio sin brújula, sin equilibrio y sin responsabilidad compartida.

#GuasábaraEditor

Título: Multilateralismo o fragmentación: la batalla por gobernar la inteligencia artificial

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