La historia demuestra que las grandes potencias rara vez se disculpan por ejercer poder. Más bien, suelen justificarlo como una necesidad para preservar el orden, la seguridad o su propia supervivencia. Por eso, cuando el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, afirmó que «Estados Unidos no se disculpa por su poder» y advirtió a Europa sobre los desafíos que enfrenta Occidente, no estaba pronunciando una frase aislada de coyuntura política. Estaba definiendo una doctrina geopolítica.
Durante décadas, especialmente tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, se instaló la percepción de que la globalización económica había sustituido la lógica clásica de la competencia entre potencias. Las cadenas de suministro se extendieron por todo el mundo, las industrias se trasladaron a Asia y Europa consolidó la idea de que la prosperidad podía coexistir con bajos niveles de inversión en defensa.
Los acontecimientos recientes han desmontado esa hipótesis.
La invasión rusa de Ucrania, la creciente rivalidad entre Washington y Pekín, las interrupciones logísticas derivadas de conflictos regionales y la batalla mundial por el liderazgo tecnológico han devuelto la geopolítica al centro de la economía internacional. En este contexto, Rubio plantea que el poder nacional vuelve a ser el factor decisivo para garantizar prosperidad y seguridad.
La declaración tiene una profunda carga simbólica. Durante años, sectores políticos europeos consideraron que Estados Unidos actuaba como una potencia hegemónica cuyos intereses debían moderarse mediante reglas multilaterales. Sin embargo, la administración estadounidense actual parece sostener una visión diferente: el sistema internacional no se encuentra ante una etapa de cooperación ilimitada, sino frente a una competencia estratégica de gran escala donde las naciones que no protejan sus capacidades industriales, tecnológicas y militares corren el riesgo de perder relevancia.
La advertencia dirigida a Europa es particularmente significativa. Rubio ha reiterado que Estados Unidos valora la alianza transatlántica y considera que el destino de ambas regiones está profundamente conectado. Sin embargo, también ha señalado que esa alianza debe evolucionar hacia un esquema donde los socios europeos asuman mayores responsabilidades económicas y militares.
En otras palabras, Washington ya no está dispuesto a sostener unilateralmente la arquitectura de seguridad occidental construida después de la Segunda Guerra Mundial.
El mensaje es claro: Europa debe rearmarse, fortalecer su capacidad industrial y recuperar confianza en sus propios valores estratégicos.
Detrás de esta postura existe un elemento aún más importante: China.
Aunque muchos análisis se concentran en las tensiones entre Estados Unidos y Europa, la verdadera prioridad estratégica estadounidense continúa siendo la competencia con Pekín. Rubio ha insistido en la necesidad de asegurar el liderazgo occidental en sectores críticos como inteligencia artificial, semiconductores, energía, ciberseguridad y manufactura avanzada.
De hecho, la política industrial estadounidense de los últimos años demuestra que Washington está construyendo una economía de seguridad nacional. La producción de microchips, el control de tecnologías avanzadas, la relocalización de fábricas y la protección de cadenas de suministro críticas ya no son simples decisiones comerciales; son decisiones geopolíticas.
A ello se suma el factor energético. Tras la drástica reducción de la dependencia europea del gas ruso, Estados Unidos se ha convertido en uno de los pilares fundamentales de la seguridad energética del continente. Diversos análisis citados sobre el discurso de Rubio destacan que el gas natural licuado estadounidense cubre una parte sustancial de las importaciones europeas, consolidando una nueva relación estratégica basada no solo en la defensa, sino también en la energía.
Para América Latina y el Caribe, incluida República Dominicana, esta transformación presenta oportunidades y desafíos.
La oportunidad más evidente surge del fenómeno del nearshoring. Las empresas occidentales buscan relocalizar parte de sus operaciones en territorios confiables, cercanos a Estados Unidos y con estabilidad jurídica. En ese escenario, la República Dominicana posee ventajas competitivas extraordinarias: ubicación geográfica privilegiada, acuerdos comerciales, infraestructura portuaria moderna y un ecosistema de zonas francas cada vez más sofisticado. Como ha sido señalado en el documento República Dominicana EEUU y Europa.docx, el país busca posicionarse como puente comercial y logístico entre Estados Unidos, Europa y América Latina.
Sin embargo, también existen riesgos. La fragmentación de la globalización puede generar mayores tensiones comerciales, aumento de costos logísticos, volatilidad energética y presiones para que los países adopten posiciones más definidas dentro de la competencia entre los grandes bloques de poder.
Precisamente por ello, la diplomacia económica dominicana deberá actuar con inteligencia estratégica. El desafío no consiste en elegir entre Estados Unidos, Europa o Asia. El verdadero reto consiste en aprovechar las oportunidades de cada región sin comprometer la estabilidad política ni la apertura comercial que han sustentado el crecimiento dominicano durante las últimas décadas.
Las palabras de Marco Rubio revelan que estamos entrando en una nueva etapa histórica. El período en que la globalización parecía un proceso irreversible está dejando paso a una era donde la soberanía económica, la seguridad energética, la innovación tecnológica y la capacidad militar vuelven a ocupar el centro de la estrategia nacional.
La pregunta ya no es si el mundo está cambiando.
La pregunta es quién comprenderá primero ese cambio y estará preparado para beneficiarse de él.
En geopolítica, como en la historia, el poder nunca desaparece. Solo cambia de forma. Y hoy, Estados Unidos está enviando una señal inequívoca al mundo: ha decidido ejercerlo sin complejos y espera que sus aliados hagan lo mismo.
Luis Orlando Díaz Vólquez
#GuasábaraEditor
El retorno del poder: la advertencia de Marco Rubio y el nuevo orden occidental















